sábado, 20 de agosto de 2011

Cherry no tenía nada de dulce.

Los cigarros habían perecido en el cenicero envueltos en su mejor aroma y ella dudaba de si comprarse otra cajetilla o tres, con las que consumirse otras cinco horas pitillo tras pitillo sin tiempo a casi degustarlo. Pero era bien simple: se sentía hecha una mierda y no había otra cosa que la consiguiera consolar un rato. ¿Cardiopatías? Palabrería. Iba a morirse igual de algo así con tanto antecedente familiar. "Gracias, mamá, papá y todos vosotros, jodidos de sus hermanos muertos, por dejarme sola en esta podrida vida" se repetía cada vez que veía el marco boca abajo cogiendo polvo en el cajón de todos los gangrenados recuerdos que nunca deberían de haber existido. ¿Cáncer? Al carajo el cáncer, la inservible quimioterapia y todos los jodidos médicos que le recitaban a modo del sermón de las cinco las diversas conjeturas sobre su futuro si seguía así. Si no seguía así, estaría inflada a píldoras antidepresivas, con una perturbada mirada de enferma de psiquiatra de ojeras moradas y, como cualquiera podría imaginársela teniendo en cuenta que era Cherry, acabaría perdida, luchando entre lágrimas mientras se clavaba las uñas en el pecho hasta sangrar. 

Así, que ese tipo de días, le gustaba ahogarse entre la porquería de la nicotina, arsénico y cianuro largamente, tumbada con la cabeza colgando del sillón para más tarde abrir la nevera y acompañarlo con un poco de ron a pico con el fin de caer rendida en la cama y dormir hasta que se le pasara la mala leche y el porro que la colocó entre alguna birria de nube arco-iris mal formada.

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