martes, 16 de agosto de 2011

Aquella noche la viviría en compañía del alcohol.

Ya eran más de las doce entre las aceras de Madrid y, esa madrugada de martes de marzo, las calles no estaban especialmente transitadas.
Y él no conseguía andar en línea recta. La cabeza le daba vueltas como si hubiera estado dentro de las cocteleras que se batieron entre el humo del tabaco y los labios rojos de todas las guarras de aquellos bares donde abusaron de su barba de dos días y del cuello desabrochado de su camisa. Su boca tenía regusto a porros de las ocho, a saliva mezclada con cosméticos y whisky, al cigarro de después y a vértigo. Vértigo que subía rápidamente hasta su garganta sin equilibrio ninguno y lo tiraba contra los húmedos y oscuros muros para apoyarse con la izquierda y vomitar todos los excesos de ese día. Y atragantarse con el vodka rasgándole la garganta y el baileys agudizando la situación. Luego, las arcadas de aire. Y el esfuerzo a aquellas horas no era agradable.
Se moría de frío. Connor se moría de frío. La luz de los pocos coches que pasaban se reflejaban en sus pupilas como una discoteca y lo mareaban aún más. Le faltaba el aire. Y como cabía de esperar para una persona que estuviera en su sano juicio, sus rodillas se antojaron más débiles que nunca y lo precipitaron contra el asfalto. Pero sonreía. Sonreía tan macabro como nadie le había visto, casi como un psicópata, como un Joker esquizofrénico. Quién lo vería allí, tirado en el suelo a copa y media de palmarla, con la respiración ralentizándose en cada inspiración y esa perturbación en su rostro más y más acentuada mientras se encogía en sí mismo. Aquella sensación contradictoria recorría todo su cuerpo. Estaba jodido, bien jodido si alguien no aparecía a "rescatarle", pero había dejado de sentirse jodido. Es más, estaba jodidamente bien. Había matado por una noche todo lo que le corroía por dentro y no le importaba morir así. Satisfacción. Eso era lo único que pasaba claro por su cabeza en esos momentos. El plan había sido programado exactamente así. Cada segundo estaba precisado y no había contras aunque estuviera lleno de aspectos negativos para él mismo. ¿Para qué quería un cuerpo perfectamente sano si no podía disfrutarlo con unos sentimientos que estuvieran a la par? No, él prefería sentirse vivo a vivir. Y se encontraba más realizado que nunca de haber olvidado todo: en aquel acto suicida consiguió sacarle la sangre a cada una de sus promesas, a sus sonrisas, a sus cumplidos, a sus abrazos, a sus caricias, al cogerle de la mano, a sus guiños furtivos, a sus embaucadoras palabras. Y entonces, con la mente vacía de sus faldas, de sus noches y de todo lo que se quisieron, murió él.

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