miércoles, 31 de agosto de 2011

Carta a un desconocido.

Querido muchacho,
Ha sido un placer desconocerte por completo y haber desimaginado todos los planes que pudieron habérsenos ocurrido.
Me ha encantado olvidar todos los momentos vividos y abandonar a su suerte todas esas experiencias entre las losetas de todos los caminos que pudimos haber pisado pero que ahora no consigo recordar.
La verdad, son increíbles los paréntesis que se forman al intentar rememorar fechas, totalmente vacíos de emociones o paseos. ¡Me encanta que hayan sido contigo!
Mi amnesia de ti cada día crece más y me gusta.
Nunca te echará de menos, porque no puede,
alguien que tampoco se acuerda de sí misma, porque
se queda en nada sin ti.

Bon voyage!

He gastado mis pulmones soplando para impulsar bien fuerte mis deseos y conseguir que se aferraran a alguna estrella fugaz.

sábado, 27 de agosto de 2011

Salvación.

La camisa blanca de mangas cortas y abombadas quedaba perfecta con las simpáticas pecas de sus mejillas y sus rizos castaños hacían un conjunto ideal con la falda vaquera de pequeños topos.
Sinceramente, estaba sensacional para aquella ocasión que sería un tanto extravagante.
A Olivia se le antojaban las seis y treinta y dos la hora que no parecía llegar a la verja blanca de piquitos frente a la que se abría paso la suave primavera fuera del revoltoso jardín que estaba puertas a dentro. Pero toda espera está acompañada de recompensa, y esta vez el premio consistía en una sonrisa desde el metro setenta y ocho de Carlos, que se avecinaba por la esquina. La verdad, es que ella nunca imaginó como podía lucir tan bien un suéter gris hasta que se lo vio puesto, encajado en su cuerpo de espalda perfecta. Y como decir ahora que no pudo encontrar mejor complemento que esos pantalones ajustado lo necesario para descubrir una figura irremediablemente sexy acabada en unas despreocupadas deportivas. La verdad, el chico se engrandecía cuando desde el suelo podías apreciar como se mecía en cada paso su liso pelo de corte moderno y la forma en la que brillaba un aro ámbar en su iris, tornándose de un impresionante tono cobrizo.
Pero ya no había tiempo de deleitarse con cada uno de sus pasos, así que con un sobresalto se despertó de sus sueños de insomne con un beso en la mejilla y una espiración que demasiado cerca se coló de su oreja con un dulce "hola". Sus mejillas tomaron un color un tanto rosáceo para dar a continuación otro de esos como respuesta.
-¿Cómo estas hoy? -respondió con una naturalidad que la pilló desprevenida.
-Bueno, pues... bien, si, bien -dijo sin saber muy bien donde colocar su mirada- ¿y tú?
-Mejor de lo que he estado en bastante tiempo... y con ganas de un paseo por el parque, sinceramente -contestó en un tono más animado y sonriente-. ¿Te apuntas? -propuso cediéndole un brazo del que agarrarse.
-Oh... ¡Por su puesto! -prosiguió recogiéndose como la más adolescente en su agradable codo y, sin quererlo, le dio la mano a la única oportunidad que tenía de salvarse de aquel estado en el que se había encontrado ese largo tiempo, detrás de los postigos de la ventana.

viernes, 26 de agosto de 2011

Sencillamente, sobran.

Querer, requerer y amar. Mírate todo el jodido diccionario de arriba abajo, consume toda la información que encuentres y almacénala donde te quepa. Pero te aviso desde ahora: no habrá ni una sola palabra que defina todo lo que siento por ti.

Que si hace falta, voy a volver todas mis mentiras realidad para que no te duela ni un poquito averiguar cómo son de verdad las cosas.

-¿Pero qué dices?
Carlos estaba pálido. Era como un enfermo terminal al que le temblaba todo el cuerpo de frío. Pero su frío era bastante diferente. Su frío salía directamente de las palabras de Victoria como flechas de hielo que se clavaban en su piel y lo envolvía en una burbuja helada de la que nadie lo podía rescatar.
-Exactamente, lo que acabas de oír. Palabra tras palabra, perfectamente encajadas en lo que acaba de pasar a recuerdo en tu tan imaginativa mente -le respondió con aires de burla y crudeza, una especie de sarcasmo que cortaba como una daga cualquier idea.

La conversación había comenzado unos minutos antes, con una disculpa de esconder el orgulloso rabo entre las piernas y agachar la cabeza con el más grande de los pesares colgado de la garganta:
-Vic... Yo, sinceramente... Lo siento. Tenía preparado disculparme por cada una de las cosas que hice o dije que pudieron hacerte daño, pero, de verdad, ahora te pido perdón por absolutamente todo lo que vivimos. Te pido perdón por haberte querido y haber conseguido que me quisieras, por haberte cogido de la mano, haberte robado todo ese tiempo y haberme equivocado tantas veces para más tarde intentar explicarte que las cosas no habían sido así. Te pido perdón por haberte "tolerado" cientos de detalles que yo veía desmesurados cuando, más tarde, caí en la cuenta de que eran estupideces adolescentes como otras cualquieras. Te pido perdón por haber sido el más crío de los dos y haber sostenido mi orgullo como nunca hice contigo. No sabes lo que echo de menos apretarte contra mi pecho y llorar por dentro la falta que me hacías cuando no estabas.
-¿Sabes, Carlos? Hay veces que todo da igual.
-¿Incluso yo?
-Sobre todo tú.

Y en ese justo instante fue cuando el muchacho se había tornado en un blanco tan frágil como su alma. Y después de la corroboración de las palabras de la chica, la apatía de Victoria en esa charla continuaba así:
-Sí. No me estoy quedando contigo. Hoy, no me importa lo que digas. Podrías haber venido ayer y haberme robado lo único de corazón que quedaba para mí. Pero hoy está orgulloso. Hoy no quiere saber nada de recuerdos. Hoy es indiferente. Hoy no es ni Dann, ni es tu increíble olor ni vuestra absoluta forma de quitarme el dolor con una sola mirada. ¿Sabes, Carlos? Hoy no me apetece hablar contigo, hacerte el amor ni inundar la habitación con todas las canciones que me dedicaste con tu guitarra. Hoy quiero dormir y no saber nada del resto de mi vida hasta que un día despierte catapultada perfectamente en el pasado, justo en el momento en el que debió de empezar todo para retener todos mis impulsos y olvidarme de cualquier idea de intentar compartir algo contigo, porque, si te digo con total certeza, siempre ha sido imposible.
>>Así que ahora procuraré estar lo más lejos de ti para convencerme de que ha quedado nada y estamos en el punto justo de antes del comienzo de esta partida que todavía no he acabado. Exactamente como hoy, con esta abrumadora indiferencia. Y aunque eso ya no te importa, porque has probado buscar mi compasión lamentando justamente lo que quiero olvidar para olvidarlo tú también, estoy segura de que mi vida se convertirá en una desastrosa actuación hasta que llegue la hora de la protagonista.
>>Bueno, tú bien sabes que las mentiras nunca han sabido darme algo de calor al arroparme así que será un final bonito, un final feliz al haber puesto punto y final a todos mis dolores.
>>Pero lo peor, es que, hoy ha sido mi primer intento y tú, con esa sonrisa me deshaces los esquemas y me dejas por el suelo. Así que, gracias.

Y, sin esperar a recibir ni la mínima de las respuestas, lo besó como tanto había añorado ese tiempo y, paradójicamente, su morriña de él disparó todos los límites.

jueves, 25 de agosto de 2011

Zoé nunca estuvo orgullosa, pero él no se daba cuenta de que lo hubiera acompañado.


Los cigarros habían muerto en sus labios y sus restos estaban más que calcinados, incinerados perfectamente en un recipiente cualquiera de la más sencilla de las cerámicas. 

Nadie conseguía apreciar su pérdida. Pero a él le arrancaba un trocito de vida poco a poco y siempre les prometía un silencio antes, durante y después de cada uno. Y soledad. Siempre tenían mucha vergüenza de que los pillaran tan desnudos en su boca. 
Las grises cenizas las trasladaba a un jarro de cristal y las guardaba con esmero para que la habitación estuviera envuelta en un aroma a chocolate o a simple tabaco y rememorar el pedazo de alma que se le esfumó con cada uno de ellos. Todos los porqués y la importancia del sacrificio de aquella pequeña porción de nicotina estaban encerrados y eternamente condenados a una fosa común en la repisa de su habitación.

Pero, al fin y al cabo, lo que de verdad se celebraba allí dentro, con la luz medio filtrándose por la ventana, no era especialmente la pérdida de todos ellos.
Era su propio funeral.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Nuestros problemas son más grandes y más duros con los años.

Pero nosotros también.
La cuestión de por qué nos hundimos en ellos como niños que no saben nadar en la piscina de los mayores es, simple y llanamente, que queremos desentendernos de nuestras tonterías de críos absurdos, de los sueños que nos mantenían a flote como un par de manguitos en aquel medio que, después de todo, es ajeno a nosotros aunque nos creamos lo suficientemente veteranos para saber surcarlo.
Y al final, nos cansamos de patalear en el agua y, como cabía de esperar, nos ahogamos a no ser que alguien venga a socorrernos.
¿Mi consejo esta vez?
Llénate de viento de los acantilados de Narnia, vigila y estate atento para que no te embauquen las sirenas, crea tus propias palabras mágicas, convierte las adversidades en una aventura y encuéntrale a todo la parte bonita, que las hadas harán el resto para sacarte volando con su brillo absolutamente dorado.

domingo, 21 de agosto de 2011

Perdóname, Ginebra.

-Boom...
Restos de pólvora en el cañón de su revólver cuarenta y cinco, de resentimiento en los huesos fuera de su sitio y de remordimiento en su sonrisa torcida macabramente triste.
El humo permanecía saliendo de su pistola y del pitillo que empezaba a extinguirse en sus labios.
La verdad, nunca había entendido por qué los indios y los vaqueros no podían hacer un pacto como los únicos seres vivos capaces de ello (o así afirmaba Luke) y dejar tranquilamente los tipis de su campamento con sus familias para que ellos dejaran nuestros ferrocarriles, caravanas y búsquedas de oro. Y, después de todo, lo entendía. Tenía razón, inevitablemente y para la desgracia de todos -aunque no lo pudieran saber aún-, tenía razón. Aquella guerra absurda transmitida de generación en generación no nos estaba llevando a nada bueno, pero las cosas a lo largo de la Historia nunca habían salido bien y nosotros no podíamos empezar a cambiarlo.
-Boom, boom, boom -rápidos, uno tras otro desde su caballo canela (que de lejos se camuflaba con las vastas extensiones de terreno) con las crines oscuras. Las plumas de todos los participantes parecían mocharse como las aves que tan voraces se atrevieron a cruzar el cielo y sus vidas desembocaron en ese destino tan incierto. La desventaja se apreciaba en sus caras de terror, en los trajes de piel de las mujeres indias que no tenían otra intención diferente de proteger a sus pequeños y a las ancianas de trenzas espesas y largamente grises; pero, ciertamente, la expresión no era muy diferente a la de mi amigo-. ¿Mike, se puede saber a qué esperas? ¡Empieza a disparar! -dijo con un tono de odio completamente innatural en él que, evidentemente, me pilló por sorpresa.
Así que sacudí unos segundos mi cabeza lo más rápido que pude para intentar dejar la mente en blanco de desasosiegos por las muertes y de la pesadez de mis absurdas emociones dedicadas a las personas que el destino quiso colocar de camino al Río Colorado y, con un grito de victoria, clavé mis espuelas en Ginebra -como bien me arrepentí después- y cabalgué entre la desesperación de aquella gente queriendo acabar rápidamente con la masacre que siempre consideré innecesaria y de la que -espero que por suerte- pude salvar una mitad gracias a que todos los demás compañeros eran hombres solteros con deseos de cuerpos desnudos sin complicaciones (pero ésa es otra historia).

Memorias de los enfrentamientos en Texas, página diez.
Mike.

sábado, 20 de agosto de 2011

Cherry no tenía nada de dulce.

Los cigarros habían perecido en el cenicero envueltos en su mejor aroma y ella dudaba de si comprarse otra cajetilla o tres, con las que consumirse otras cinco horas pitillo tras pitillo sin tiempo a casi degustarlo. Pero era bien simple: se sentía hecha una mierda y no había otra cosa que la consiguiera consolar un rato. ¿Cardiopatías? Palabrería. Iba a morirse igual de algo así con tanto antecedente familiar. "Gracias, mamá, papá y todos vosotros, jodidos de sus hermanos muertos, por dejarme sola en esta podrida vida" se repetía cada vez que veía el marco boca abajo cogiendo polvo en el cajón de todos los gangrenados recuerdos que nunca deberían de haber existido. ¿Cáncer? Al carajo el cáncer, la inservible quimioterapia y todos los jodidos médicos que le recitaban a modo del sermón de las cinco las diversas conjeturas sobre su futuro si seguía así. Si no seguía así, estaría inflada a píldoras antidepresivas, con una perturbada mirada de enferma de psiquiatra de ojeras moradas y, como cualquiera podría imaginársela teniendo en cuenta que era Cherry, acabaría perdida, luchando entre lágrimas mientras se clavaba las uñas en el pecho hasta sangrar. 

Así, que ese tipo de días, le gustaba ahogarse entre la porquería de la nicotina, arsénico y cianuro largamente, tumbada con la cabeza colgando del sillón para más tarde abrir la nevera y acompañarlo con un poco de ron a pico con el fin de caer rendida en la cama y dormir hasta que se le pasara la mala leche y el porro que la colocó entre alguna birria de nube arco-iris mal formada.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Dann.

A Victoria le erizaba la piel que le susurrara bajitobajito en la oreja y que pareciera un huracán entre sus rizos, que la cogiera de la mano por sorpresa con cariño, que le robara un beso en cualquier portal y se quedara con un trozo de su espalda bajo la camiseta, que le sonriera haciéndole un guiño sin miedo al mundo. Que le dijera que la quería mirándola a los ojos con más fiereza que nunca.
Pero, sobre todo, le erizaba la piel que, al hacerlo, no dudara ni un segundo.

Nunca fuimos lobos.


Nunca supimos lo que era ser lobos, solo seguimos nuestro instinto. 

Teníamos el mando de la situación, estábamos en lo más alto comparándonos con lo que quedaba del mundo y nos respetábamos aprendiendo cada uno de nuestros puntos débiles para procurar no tocarlos. Teníamos el suficiente atrevimiento para separarnos pero nos unía algún lazo, un lazo que conseguía que nos echáramos tanto, tanto de menos que pudiéramos imaginar inconscientemente lo que hacíamos respectivamente para imitarlo y sentirnos un poco más cerca del otro. Teníamos la libertad de pasearnos solos pero la Luna siempre invocó nuestros sentidos y nos traía a encontrarnos donde quisiera que estuviéramos buscando nuestro olor, olor que yo dejaba en tu cuerpo marcándote como mío y que del mismo modo hacías tú conmigo. 
Sin embargo, nunca supimos lo que era ser lobos. 
Nunca nos mantuvimos unidos, no creamos una manada a la que proteger ni nos dio tiempo a resolver problemas, pues no supimos ni arreglar los nuestros. No. No teníamos ni idea de lo que era compartir lo que nos alimentaba de una manera u otra, de lo que era el compañerismo y, mucho menos, se habían despertado nuestros instintos de monógamos dispuestos a desgarrar con uñas y dientes a cualquiera que se dispusiera a hacerle daño al otro.
De ese modo, hubiéramos acabado arrancándonos reflexivamente la piel por habernos herido solo con un par de palabras que parecieron rugidos. Y nuestros cuerpos están más esbeltos que nunca, al nivel de nuestro orgullo, ¿no crees?
Nuestro satélite de plata consolará los aullidos de lamento de cada uno de nuestra especie pero hoy no los escucharás tan fuertes.
Colmillo Blanco se ha comido mi corazón y, aunque no te lo creas, ahora sí que empiezo a vivir.

martes, 16 de agosto de 2011

Aquella noche la viviría en compañía del alcohol.

Ya eran más de las doce entre las aceras de Madrid y, esa madrugada de martes de marzo, las calles no estaban especialmente transitadas.
Y él no conseguía andar en línea recta. La cabeza le daba vueltas como si hubiera estado dentro de las cocteleras que se batieron entre el humo del tabaco y los labios rojos de todas las guarras de aquellos bares donde abusaron de su barba de dos días y del cuello desabrochado de su camisa. Su boca tenía regusto a porros de las ocho, a saliva mezclada con cosméticos y whisky, al cigarro de después y a vértigo. Vértigo que subía rápidamente hasta su garganta sin equilibrio ninguno y lo tiraba contra los húmedos y oscuros muros para apoyarse con la izquierda y vomitar todos los excesos de ese día. Y atragantarse con el vodka rasgándole la garganta y el baileys agudizando la situación. Luego, las arcadas de aire. Y el esfuerzo a aquellas horas no era agradable.
Se moría de frío. Connor se moría de frío. La luz de los pocos coches que pasaban se reflejaban en sus pupilas como una discoteca y lo mareaban aún más. Le faltaba el aire. Y como cabía de esperar para una persona que estuviera en su sano juicio, sus rodillas se antojaron más débiles que nunca y lo precipitaron contra el asfalto. Pero sonreía. Sonreía tan macabro como nadie le había visto, casi como un psicópata, como un Joker esquizofrénico. Quién lo vería allí, tirado en el suelo a copa y media de palmarla, con la respiración ralentizándose en cada inspiración y esa perturbación en su rostro más y más acentuada mientras se encogía en sí mismo. Aquella sensación contradictoria recorría todo su cuerpo. Estaba jodido, bien jodido si alguien no aparecía a "rescatarle", pero había dejado de sentirse jodido. Es más, estaba jodidamente bien. Había matado por una noche todo lo que le corroía por dentro y no le importaba morir así. Satisfacción. Eso era lo único que pasaba claro por su cabeza en esos momentos. El plan había sido programado exactamente así. Cada segundo estaba precisado y no había contras aunque estuviera lleno de aspectos negativos para él mismo. ¿Para qué quería un cuerpo perfectamente sano si no podía disfrutarlo con unos sentimientos que estuvieran a la par? No, él prefería sentirse vivo a vivir. Y se encontraba más realizado que nunca de haber olvidado todo: en aquel acto suicida consiguió sacarle la sangre a cada una de sus promesas, a sus sonrisas, a sus cumplidos, a sus abrazos, a sus caricias, al cogerle de la mano, a sus guiños furtivos, a sus embaucadoras palabras. Y entonces, con la mente vacía de sus faldas, de sus noches y de todo lo que se quisieron, murió él.

Él quería hacerle el amor y la guerra.

Hoy te declaro la guerra y el campo de batalla será tu cuerpo. Nos jugamos tu amor y estoy dispuesto a ganarte esta revancha ya que venciste al mío y lo dejaste a tus pies porque atentaste contra mi coraza con una sonrisa, por sorpresa, y desmoronaste mis esquemas. Mi propósito no es recuperar lo que me quitaste, es controlar lo que todavía no ha sido mío.
Así, arrasaré tu espalda con mis manos, electrificándote la piel, enterrando en tus poros minas de placer que estallarán cuando le reste terreno a tus miedos. Mi estrategia será recorrer tus curvas por los caminos que nunca se atrevieron a andar los demás soldados y hacer un mapa de la situación de tus lunares. Fusilaré tus temores y dominaré tus sueños en el campo de concentración, presentando las pesadillas que tendrán fuera de mis brazos de cadenas y lavando tu mente de cualquier idea de escapar. Esclavizaré tus besos y los apresaré sin oportunidad a que se escapen, alimentándolos -estrictamente- de saliva, y mi lengua prestará la vigilancia. Estableceré un frente en tus clavículas para proteger mis suspiros de los dientes que atacaron a mi somnolencia y me mantuvieron en vela por ganas de ser relevados rápidamente por cualquiera y disfrutar sin estar de servicio de tus níveas carcajadas. Clavaré mis colmillos en tu garganta a modo de bandera después de ablandar tus hombros con la humedad de mi aliento. Quiero que el núcleo de tu pecho estalle como una granada con algún gemido por la desventaja después de que mis labios levanten el campamento en tus pechos. Conquistaré el olor de tu pelo. Voy a ametrallarte la oreja con te quieros y a embaucar tu sonrisa con susurros. Y así, te condenaría a mi amor de por vida.
Venga, ríndete mostrándome la bandera blanca de tus sábanas que yo prometo tenerte como rehén más tiempo que mañana. Y es que quiero ser el dictador de tus latidos, el colonizador de tu cuerpo, el rey de la mitad izquierda de tu cama.

Las facturas estaban más elevadas que nunca... en sus huesos.

Monnique era muy diferente a las demás parisinas. A esta chica de voz bien aguda, como la de la famosa protagonista de la película Amélie, le encantaba ducharse bien y estar perfumadita, tener la piel suave y llevar ropa interior bonita. Detrás de estas tonterías, encontrabas mucho más. Como que era una ecologista acérrima, y por eso ponía ojo a todas esas cositas que compraba o hacía. Y, aunque cueste de creer, el enjabonarse bien todos los días no hacía que ahorrara menos: solo usaba cinco minutos de agua, y era suficiente. Eso sí, no faltaba un baño de media bañera una vez al mes. Pero, al fin y al cabo, era menos gasto que tener una piscina cada cuatro días en casa.
A Monnique la caracterizaban su pelo rojizo, sus ojos verde agua, sus labios sonrosados y bien carnosos, sus simpáticas pecas por los cachetes y la nariz chiquitita y respingona, pero, sobre todo eso, el que fuera una forofa de lo romántico. Le encantaban que le regalasen una rosa, las películas de amor y los libros de aventuras imposibles. La enamoraba el jazz y el blues de letras profundas; necesitaba un paquete de pañuelos de papel para las historias tristes (aunque supiera que ella no las iba a vivir); le encantaba viajar en la bicicleta de paseo azul con la cestita de paja y su sombrero del mismo material a juego cuando el ocaso se apreciaba en su cénit naranja en los campos de girasoles; la enloquecía colarse en los sembrados de trigo a mediodía y dormirse a escondidas del granjero; le fascinaban los parques verdes y los días de sol tumbada contemplando la Torre Eiffel, los suéteres de lana que hacía su abuela con tanto cariño, compartir la nieve con un chocolate bien caliente.

Y aunque ella era una amante de convertir la vida en un sueño, últimamente se le estaba volviendo un poco más difícil.
El nuevo estudiante, el italiano... Angelo, si mal no recuerdo, le rompía la cabeza, sus ideologías, su sentido común y todo lo que parecía convertirla en una chica tan madura. Y es que, aunque ella no se lo quería creer mucho, empezaba a enamorarse. De lo que solo una muchacha como ella podría hacer y de la única manera que iba acorde. Desbocándose, por una sonrisa que encontraba preciosa a medias de una conversación -de esas que levantan solo una parte de las comisuras-; apasionándose, por cada vez que le brillaban los ojos de entusiasmo, de fervor por algo; enfermando por si llegaba la hora del 'hasta luego', que bien sabía que no sería por mucho tiempo, pero la corroía separarse de esas palabras que parecían música cuando las decía él con su característica cancioncilla por el acento del lugar de donde provenía.

En fin, moría como siempre había visto tan bonito en las películas... pero no le estaba gustando mucho, y los suspiros de su amor en la ventana de madera confesaban sin quererlo la pena que le daba no ver los atardeceres tan emotivos como antes.

Con la facilidad de sacar un te quiero de mi chistera sin que sea una ilusión.

Voy a ser contorsionista en tu lengua, acróbata en tus imposibles curvas, domador de leones por calmar tus garras en mi espalda y los dientes que querían devorarme a mordiscos. Voy a ser artista de silencios cuando te erice la piel al acariciarte estando mudo, payaso en tus sonrisas, traga-fuegos cuando respire el abrasador aroma de tu piel. Seré mago al hacer desaparecer al resto del mundo con solo unas sábanas y quedarme con un par de ases en la manga que utilizar contigo para embaucarte en mi magia.