jueves, 28 de julio de 2011

Razones para querer con el corazón.


Victoria ensayaba con los papeles esparcidos por la cama, por el atril, por la mesa de estudio y no sé sabe bien dónde más.

Los colocaba en diferentes lugares para saber los movimientos que tenía que hacer en el escenario, así adelantaba la doble tarea.
Pero, curiosamente, esa tarde no tenía ganas. Tampoco era un mal plan tomarse un pequeñísimo respiro apoyada contra las puertas del armario y dejar la mente en blanco.
Ella siempre había tenido un don especial para no desistir, sin embargo, las fuerzas la habían abandonado aquella víspera de lo que podría haber sido otro día cualquiera en un extrañamente caluroso abril. No parecía especialmente importante esa desgana si no se tenía en cuenta las raras sensaciones que la envolvían en el pecho cuando algo no demasiado bueno se acercaba.

Lo que los suspiros confesaban a las seis y treinta y dos esa tarde era la conclusión de por qué ella sentía con el corazón. Regalaba un trocito de ese delicado órgano a lo que lo apasionaba, y el resto ya estaba hecho, pues este es de los que se hace notar e invade todo el cuerpo. Para Victoria, querer con el corazón era querer en cada latido, con fuerza y sin descanso, con pasión cada instante. Y si le faltaba algo de lo que tenía bien guardado ahí dentro, enfermaba. Enfermaba de lo que se solucionaba con un paquete de pañuelos de papel o se quedaba en cama, con la mirada silenciosa y desolada, dolores de cabeza, arcadas de aire que pretendían vomitar todo lo que se corroía despacio -vena a vena- y le quitaba el brillo a sus sonrisas, a su característico ánimo para atraer con su optimismo todas las ideas positivas de las duras situaciones.

Pero es que aquella tarde de seis y treinta y dos sin Carlos entre guiones, vidas de mentira e historias de personajes que nunca fueron reales ya no tenía el encanto de saber que él deseaba volverla a ver en directo sobre el entablado.

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