jueves, 28 de julio de 2011

Las vacaciones se le encaprichaban intensas.

Esa mañana, sus ojos estaban cubiertos de telarañas, de sueños aún medio dormidos que no querían saltar de la cama y escaparse de las insípidas motitas de luz que se colaban por la persiana y poco a poco desperezaban los ánimos de vivir un nuevo día lleno de sonrisas.
La satisfacción de los "cinco minutos más" invadió su cuerpo durante un tiempo que pareció bastante más largo hasta que cayó en la cuenta y entreabrió una de sus pupilas para mirar el despertador y subió una mano desganada para orientarlo hacia ella.
El sobresalto fue colosal y un patoso giro entre las sábanas la catapultó contra el parqué. Rápidamente, se recolocó sobre sus dos piernas en una postura que se antojaba con un poco más de equilibrio y arregló su camisón blanco para salir disparada hacia el baño.
Las manos en cada lado del lavabo y un peinado mañanero se reflejaban en espejo, todo a juego con una inmensa sonrisa que sugería un movimiento más intenso que trepaba por su garganta. Una manada de carcajadas desbocadas se escapaba por los amplios terrenos de su cuerpo a modo de escalofríos de felicidad. Los incontrolables nervios provocaban unos pequeños temblores en las yemas de sus dedos y un agradable calor para regalar alguna caricia.
Eran las seis y treinta y dos en las calles londinenses y el ajetreo podría observarse tranquilamente desde el balcón de la habitación, pues ese amanecer lo tenía libre. O no. Realmente, lo tenía más que encadenado, pero no especialmente a los horarios de trabajo. Lo tenía encadenado al silencio del apartamento interrumpido por los incesantes ruidos de la Quinta Avenida, a la emoción que se respiraba entre las cortinas que bailaban con la brisa y al armario que a reventar estaba de ropa nueva. Acompañando las puertas que estaban de par en par con un suspiro, le tocaba armarse de paciencia, seguridad y entusiasmo, porque aquella tarde la esperaba un concierto y una noche de la que, en aquellos momentos, no podía hacerse a la idea.

Ahora a Mimi le tocaba ponerse adecuada a la ocasión, reservar la voz, desayunar bien y dejar que el ritmo fluyera entre silbidos gracias a aquellas dulces doce horas de sueño de las que acababa de despertar.

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