lunes, 20 de junio de 2011

La ventana de Olivia.

Olivia era una chica especial. Realmente especial, pero se sentía un poco sola. Después de que los médicos convirtieran en síntomas todo aquello que le pasaba, pero aun sin descubrir su enfermedad, pasaba las tardes sola mirando por la ventana, descubriendo cómo el tiempo pasaba de una estación a otra. Como avanzando en las páginas de un libro lentamente, pero sin detenerse, comprendiendo cada una de las palabras con cuidadoso esmero. Desde allí, Olivia miraba más allá de su jardín -que en pleno otoño se encontraba- y veía pasar a una pareja de gorritos de lana todas las tardes caminando por la acera. Eran felices, o algo así, pues sonreían. Hacía demasiado tiempo que la muchacha no tenía ni una de ésas en los labios, ya no les sabían a miel como cuando se tiraba fuera en los montones de hojas. Tenía que imaginárselas y, claro, nunca sería lo mismo.
Igual que no serían lo mismo todas esas tardes de lluvia sin su paraguas negro adornado de volantes y lazos. Lo había hecho ella misma, y ya no ve las tardes de humedad con algún acompañante. Simplemente, está solo, con los demás rojos de puntos, verdes con rayas, azules con una graaan espiral que recorría todo el impermeable o de preciosos estampados de flores. Los iba a echar de menos, junto a sus botas de agua, junto a la bufanda roja de punto gordo en la que escondía la nariz, que tan a juego quedaba con sus guantes. Y con cada gota de agua, en las aceras se borraban los corazones que habían pintado con tiza, y con ellas, la primavera lluviosa, dando paso a la que en el parque que estaba cruzando el paso de cebra que quedaba a la derecha de la portezuela de la verja de madera empezaban a pasearse los cantautores. Para ellos, el tiempo era eterno, pues su horario lo guiaba el ritmo al que se abrían los capullos de los tulipanes amarillos de al lado del roble. No pasaba, los segundos no se sucedían uno tras otro con el paso decidido que solían utilizar; trastocaban las bien rígidas normas que tenían para dejarse llevar despacio por la música de las aves, de los tempranos polluelos de las golondrinas que tan azabaches se tornaban.
Los cantautores también lamentaban cada punta de lápiz rota. ¿Qué menos cuando simbolizaba la interrupción de la fluida imaginación? Era impermisible no detenerse a valorar la pérdida como un verdadero poeta, romántico, a ritmo de baladas de guitarra acústica.
Baladas que acompañaron a aquella pareja de gorritos de lana -que había pasado a abrigos de botones con copos de nieve resbalándose por los hombros y a camisetas despreocupadas con una chaqueta a juego- aquella tarde con una despedida que cortaba cualquier gesto por su sequedad, por ese adiós de hielo que fue dedicado sin mimo, esa primavera del 96. Delante de la ventana de Olivia, de la ventana que descubrió el frío a veintisiete grados con dos palabras. Lo vivió tan fuertemente como si ella hubiera sido la protagonista que recibió más que un te quiero vacío, la protagonista que luego corrió a refugiarse en el banco del roble con tulipanes amarillos, en el banco del cantautor que le dedicó un par de piezas para consolar su angustia. La verdad, es que ella había transportado su día a día a los sueños: era lo único que conseguía mantenerla con una pizca de esperanza de volver a sentir el asfalto bajo sus tacones. Los años pasaban tan insípidos en esa casa que cada hora parecía más desperdiciada que la anterior y se le hacía pesado el sentir el parqué tan igual bajo sus pies. Pero eso estaba a punto de cambiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario