viernes, 10 de junio de 2011

Después de cada operación, sentimientos en formol y autopsias al corazón.

-Hola, cariño.
Las luces blancas envolvían aquella habitación de hospital. Parecía tan fría, que no concordaba con los sentimientos que se arremolinaban en Margaret y Thomas, que aún veía todo como con una fina neblina borrosa hasta que, un par de parpadeos después, la percepción para él volvió a la normalidad, aunque su voz estaba más débil que nunca, con un hilo melódico que temblaba de miedo por desaparecer.
-¿Los niños...? ¿Dónde están los niños?
-Tranquilo, tranquilo: están bien, con tu hermano Sam.
Hubo unos segundos de pausa hasta que el hombre volvió a intervenir.

-Ah -se quejó con una expresión de dolor en el rostro mientras intentaba enderezarse en la incómoda camilla- ¿los niños están bien?

-Sí, amor, descuida. Ahora intenta descansar. Venga, así -comentó Margaret recolocándole la almohada desde el sillón verde de orejas que estaba al lado de la cortinilla de separación y los sueros-, cierra los ojos.

-Los niños...
Así, perdiendo la fuerza de las cuerdas vocales hasta caer en un sueño que llegó inesperado, se adormilaba el marido de aquella mujer de pelo anaranjado recogido en un precioso moño, de esos que cualquiera vería y calificaría de peluquería cuando había sido ella misma con ayuda de un triple espejo. Era una dama de una clase y un porte inestimables, pero, paradójicamente, de una sencillez abrumante, siempre con su precioso sombrero de paja.

Aquella tarde se vestía de beige y chocolate que tan bonito contraste hacían con su piel pálida de pecas claritas y nariz respingona. Sus uñas pintadas de marrón también quedaban muy a juego con ella misma y su dulce manera de mover los dedos, su sonrisa de labios caramelo.

Ahora, miraba desde sus iris verde botella, tan oscuros como aquel sillón en el que se encontraba, cómo de avecinaba en cansancio en la cara de su esposo -que tan borracho de anestesia estaba- y, reflexivamente, también lo miraba en la suya. Con los tobillos hacia dentro, chocándose las puntas de las sandalias de tacón, clavaba los codos en sus rodillas y dedicaba unos cuantos pensamientos al optimismo y al "todo saldrá bien". Un suspiro de alivio se coló entre sus perfectos dientes y una oración de gracias, desde su corazón.

Pero, a pesar de todo, no se podía imaginar lo que su tan bien conocida pareja, con la que tanto había compartido, soñaría aquella noche entre esas pesadillas que estaban a punto de comenzar...

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