lunes, 20 de junio de 2011

Complicidad de color Olivia.

La mirada de aquel joven que acababa de romperle el corazón a la chica que se cobijó entre la primavera de la arboleda se dirigió como una flecha certera a las pupilas que tan encerradas estaban en los ojos verde botella de Olivia. Ella transformó sus labios en una mueca que sugería una sonrisa. Se le había olvidado cómo hacerlo, pero en aquel momento no se le había ocurrido otra cosa que responder. Él se la devolvió, como si fuera la última, el gesto que lo envuelve todo en sus sonrosadas comisuras.
Una sensación extraña para ella después de aquella mala época se apoderó de su cuerpo. Algo de miedo, de nervios. Quién sabe qué, lo único seguro es que lo que restó de día, Olivia se pasó ensayando delante del espejo el más agradable de sus guiños. Ella, antes de caer en su encierro, pasaba el día riendo. Se le daba bien y además, sus carcajadas eran preciosas, musicales, armónicas con su dentadura pareja. Y bueno, la verdad, es que no estaba tan mal volverlo a poner en práctica. Aquel muchacho había cambiado su perspectiva con una expresión para tantos cotidiana, simple, normal. Pero lo mejor aún no había llegado.
A la misma hora, pero al día siguiente, el chico de mirar curioso e intensamente castaño volvió a colocarse delante de la cancela. Llevaba... ¿Un globo? Exacto, un globo de helio del mismo color de los ojos de Olivia. El muchacho, traspasó la puertita y se acercó a la ventana, pisando el césped con tacto suave, intentando no lastimarlo y soltó el cordel. La esfera hizo ademán de escaparse, pero ella no sabía que el destino la depararía en aquella casa. Desde el alféizar, la muchacha recogió el presente y descubrió una carita feliz pintada en él. "Tienes una sonrisa bonita", decía, y como una contestación automática, regaló una de las que siempre fueron suyas. Dentro se descubría una nota, pero tendría que picar el regalo para abrirla. Bajó los ojos buscando al chaval, pero ya no estaba.
Y ya no quedaba nada más que hacer. "Bien, manos a la obra", se animó mientras caminaba decidida a por una chincheta del corcho que tan lleno de colores estaba y que empezaba a perder brillo.
Estallido y retroceso instantáneo, un momento de silencio y una risotada impensada, involuntaria... como las de antes. Con energía, aún con esa inocencia en el rostro, se decidió a leer la cartita.

¿Qué te parece arreglarte para
mañana, para una hora como esta?
Te estaré esperando en la entrada
de tu casa, si me dejas.
Ansioso de seis y treinta y dos,
                                             Carlos.

En cualquier otro momento, para Olivia hubiera sido impensable. ¿Cómo se atrevía a quedar con ella con ese descaro y esa cara dura? Sin saber nada uno del otro, no teniendo idea alguna de cómo podría actuar. Pero bueno, la persona que era antes había desaparecido. Gracias a aquella simpática mueca. Qué curioso es el destino, después de todo. Y después de todo, Olivia no iba a quedarse con las ganas de decirle a Carlos lo mucho que le importaba antes de morir en aquella casa estéril de felicidad.

1 comentario:

  1. Qué dulce!
    Emme me has echo sonreir y mira que hoy difícil conseguirlo :)
    me ha gustado mucho, hacía tiempo que no me pasaba por aquí, lo haré más a menudo.

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