miércoles, 1 de junio de 2011

Bailes de medianoche.

Y se quedó sola con aquellos sueños que entonces le parecieron pesadillas, sus historias perdidas, esas prendas que nunca le fueron a medida, para dejarle paso a la reina de la fiesta, la que lució el vestido más bonito -que desconcertó a aquel tan trajeado que se servía algo de ponche-.
En un segundo, se descubrieron en medio del salón y sus miradas se engancharon. Una pequeña sonrisa se asomó por sus labios a modo de saludo y ninguno supo en qué bolsillo esconder los nervios, si junto al pañuelo de seda o en el lugar de la rosa que él le cedería con un giro de muñeca en el que no temblarían ni un segundo sus dedos.
Una pregunta acompañó a la música que decoraba el ambiente y la hizo quedar secundaria frente al tono de su voz. Un "¿bailamos?" como si se tratara de una retórica en el que la agarró de la cintura sin oportunidad de dar respuesta y la difuminó entre las demás doncellas en un vals. Un, dos, tres; un, dos, tres. Intentando acompasar sus respiraciones con la melodía, perdiendo el ritmo. Ésas cada vez eran más rápidas e inseguras; como sus miradas: cada vez más perdidas e indecisas. Pero se encontraron y no hacían más que hablar por sí solas, sin consentimiento, tomándose la libertad de darle permiso a sus labios para llevar ahora la melodía.

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