lunes, 20 de junio de 2011

Complicidad de color Olivia.

La mirada de aquel joven que acababa de romperle el corazón a la chica que se cobijó entre la primavera de la arboleda se dirigió como una flecha certera a las pupilas que tan encerradas estaban en los ojos verde botella de Olivia. Ella transformó sus labios en una mueca que sugería una sonrisa. Se le había olvidado cómo hacerlo, pero en aquel momento no se le había ocurrido otra cosa que responder. Él se la devolvió, como si fuera la última, el gesto que lo envuelve todo en sus sonrosadas comisuras.
Una sensación extraña para ella después de aquella mala época se apoderó de su cuerpo. Algo de miedo, de nervios. Quién sabe qué, lo único seguro es que lo que restó de día, Olivia se pasó ensayando delante del espejo el más agradable de sus guiños. Ella, antes de caer en su encierro, pasaba el día riendo. Se le daba bien y además, sus carcajadas eran preciosas, musicales, armónicas con su dentadura pareja. Y bueno, la verdad, es que no estaba tan mal volverlo a poner en práctica. Aquel muchacho había cambiado su perspectiva con una expresión para tantos cotidiana, simple, normal. Pero lo mejor aún no había llegado.
A la misma hora, pero al día siguiente, el chico de mirar curioso e intensamente castaño volvió a colocarse delante de la cancela. Llevaba... ¿Un globo? Exacto, un globo de helio del mismo color de los ojos de Olivia. El muchacho, traspasó la puertita y se acercó a la ventana, pisando el césped con tacto suave, intentando no lastimarlo y soltó el cordel. La esfera hizo ademán de escaparse, pero ella no sabía que el destino la depararía en aquella casa. Desde el alféizar, la muchacha recogió el presente y descubrió una carita feliz pintada en él. "Tienes una sonrisa bonita", decía, y como una contestación automática, regaló una de las que siempre fueron suyas. Dentro se descubría una nota, pero tendría que picar el regalo para abrirla. Bajó los ojos buscando al chaval, pero ya no estaba.
Y ya no quedaba nada más que hacer. "Bien, manos a la obra", se animó mientras caminaba decidida a por una chincheta del corcho que tan lleno de colores estaba y que empezaba a perder brillo.
Estallido y retroceso instantáneo, un momento de silencio y una risotada impensada, involuntaria... como las de antes. Con energía, aún con esa inocencia en el rostro, se decidió a leer la cartita.

¿Qué te parece arreglarte para
mañana, para una hora como esta?
Te estaré esperando en la entrada
de tu casa, si me dejas.
Ansioso de seis y treinta y dos,
                                             Carlos.

En cualquier otro momento, para Olivia hubiera sido impensable. ¿Cómo se atrevía a quedar con ella con ese descaro y esa cara dura? Sin saber nada uno del otro, no teniendo idea alguna de cómo podría actuar. Pero bueno, la persona que era antes había desaparecido. Gracias a aquella simpática mueca. Qué curioso es el destino, después de todo. Y después de todo, Olivia no iba a quedarse con las ganas de decirle a Carlos lo mucho que le importaba antes de morir en aquella casa estéril de felicidad.

La ventana de Olivia.

Olivia era una chica especial. Realmente especial, pero se sentía un poco sola. Después de que los médicos convirtieran en síntomas todo aquello que le pasaba, pero aun sin descubrir su enfermedad, pasaba las tardes sola mirando por la ventana, descubriendo cómo el tiempo pasaba de una estación a otra. Como avanzando en las páginas de un libro lentamente, pero sin detenerse, comprendiendo cada una de las palabras con cuidadoso esmero. Desde allí, Olivia miraba más allá de su jardín -que en pleno otoño se encontraba- y veía pasar a una pareja de gorritos de lana todas las tardes caminando por la acera. Eran felices, o algo así, pues sonreían. Hacía demasiado tiempo que la muchacha no tenía ni una de ésas en los labios, ya no les sabían a miel como cuando se tiraba fuera en los montones de hojas. Tenía que imaginárselas y, claro, nunca sería lo mismo.
Igual que no serían lo mismo todas esas tardes de lluvia sin su paraguas negro adornado de volantes y lazos. Lo había hecho ella misma, y ya no ve las tardes de humedad con algún acompañante. Simplemente, está solo, con los demás rojos de puntos, verdes con rayas, azules con una graaan espiral que recorría todo el impermeable o de preciosos estampados de flores. Los iba a echar de menos, junto a sus botas de agua, junto a la bufanda roja de punto gordo en la que escondía la nariz, que tan a juego quedaba con sus guantes. Y con cada gota de agua, en las aceras se borraban los corazones que habían pintado con tiza, y con ellas, la primavera lluviosa, dando paso a la que en el parque que estaba cruzando el paso de cebra que quedaba a la derecha de la portezuela de la verja de madera empezaban a pasearse los cantautores. Para ellos, el tiempo era eterno, pues su horario lo guiaba el ritmo al que se abrían los capullos de los tulipanes amarillos de al lado del roble. No pasaba, los segundos no se sucedían uno tras otro con el paso decidido que solían utilizar; trastocaban las bien rígidas normas que tenían para dejarse llevar despacio por la música de las aves, de los tempranos polluelos de las golondrinas que tan azabaches se tornaban.
Los cantautores también lamentaban cada punta de lápiz rota. ¿Qué menos cuando simbolizaba la interrupción de la fluida imaginación? Era impermisible no detenerse a valorar la pérdida como un verdadero poeta, romántico, a ritmo de baladas de guitarra acústica.
Baladas que acompañaron a aquella pareja de gorritos de lana -que había pasado a abrigos de botones con copos de nieve resbalándose por los hombros y a camisetas despreocupadas con una chaqueta a juego- aquella tarde con una despedida que cortaba cualquier gesto por su sequedad, por ese adiós de hielo que fue dedicado sin mimo, esa primavera del 96. Delante de la ventana de Olivia, de la ventana que descubrió el frío a veintisiete grados con dos palabras. Lo vivió tan fuertemente como si ella hubiera sido la protagonista que recibió más que un te quiero vacío, la protagonista que luego corrió a refugiarse en el banco del roble con tulipanes amarillos, en el banco del cantautor que le dedicó un par de piezas para consolar su angustia. La verdad, es que ella había transportado su día a día a los sueños: era lo único que conseguía mantenerla con una pizca de esperanza de volver a sentir el asfalto bajo sus tacones. Los años pasaban tan insípidos en esa casa que cada hora parecía más desperdiciada que la anterior y se le hacía pesado el sentir el parqué tan igual bajo sus pies. Pero eso estaba a punto de cambiar.

Ella ya sabía la respuesta de su mirada, pero siempre se empeñó en quemarse de frío.

Dann caminaba a la derecha del asfalto con los cascos enchufados a todo volumen, desinteresándose del resto del mundo y acariciándose una mano con la otra. Cada flexura de sus dedos tenía una tirita y sus palmas estaban vendadas. Cuando Dann se proponía algo, era imparable, y ni las heridas de las baquetas podrían detener aquella pasión que sentía por tocar la batería. Él estaba decidido a llevar el ritmo de todos los corazones que lo escucharan, poseer sus latidos, embaucarlos en cada golpe, desbocarlos con todas las canciones. "Lo voy a conseguir", pensaba.
De fondo, llevaba un rato sonando una interferencia en su música, pero no había buscado otro culpable diferente al antiguo reproductor hasta que alguien le abrazó repentinamente por la espalda. Era... ¿Zoé? La muchacha llevaba gritando media calle mientras corría y la gente no hacía más que mirarla despectivamente, pero eso a ella nunca le había importado y menos, en aquel momento.
Zoé era la típica muchacha de pelo negro y bucles perfectos, ojos azul grisáceo y piel pálida como el color del hielo. Bueno, no, quizá eso no era tan típico, pero era lo que calificarían de perfecto, en personalidad, actitud, ideales, vestimenta, expediente... Y, a pesar de que ella lo sabía, ningún aire de superioridad se sugería algún día en su mirada. Zoé era la típica chica que conseguía enamorar a cualquier adolescente con un guiño desintencionado, sin querer. A cualquiera, sí... menos a quien de verdad quería conseguir. Para ella, después de todo, las cosas que podrían hacerla feliz nunca salían bien, ni su familia, ni las decisiones que tomaba, ni los... amigos que elegía para confiar, ni siquiera los buenos sentimientos que dejaba arraigar dentro de ella acababan dando algún dulce fruto. En fin, Zoé era lo que se consideraba un desastre ordenado: lo tenía todo menos lo que necesitaba. Y en aquel momento, era un poco de concentración desde la mirada de Dann lo que le hacía falta, nada más; solo un poco atención que fuera más allá de las canciones de rock que retransmitían a duro pulso. Una mirada sincera del mismo Dann que era el típico adolescente perseverante, testarudo y frío como el más severo de los inviernos. Sí, Dann no sentía ni una pizca de compasión por nadie, no se pillaba por ninguna -nada más vivía para él- y se dedicaba a robar corazones para encontrar algo de calor en el suyo, tan egoístamente que acababa desamparando a unas cuantas que nunca tuvieron la culpa, pero claro, él nunca sentía empatía. Dann era el típico chico que conseguía lo que quería, iría justo por la vida, pero bien sobrado de lo que lo hacía irreversiblemente cruel. Con un movimiento de pelo que le destapara los ojos, se descubría una auténtica escarcha sobre el verde pistacho de sus irises: inhumano, como todo lo que le envolvía, pero que tan irresistible se le sugería a la muchacha.
Pero para la desgracia de ella, ni aquella vez era diferente, ni Dann había extrañado un poquito en todo ese tiempo el olor del pelo de Zoé.

martes, 14 de junio de 2011

Voy a hacerte el amor tan despacio que parezca la noche que alargó Júpiter en Anfitrión

-Voy a comerte a cachos, a cachos taaaan pequeños que así no acabaré jamás, principessa.
-Voy a dejar que me robes hasta la vida, que en tus manos está mejor que en las mías.

Así, Carlotta y Nicòlo se susurraban despacio, entre beso y beso, a sorbos de caricias, a botones de menos que conseguían que la ropa pareciera de más.

-Arráncame el corazón, llévatelo todo, que esto a mí ya no me pertenece. Soy más tuya que nunca.
-Acompáñame, piccoli, acompáñame.
-¿Adónde, il mio amore?
-Al resto della mia vita, empezando por mi cama.

Unas pícaras sonrisas se conocían tímidas, como por primera vez, en la habitación mientras el napolitano jugueteaba con sus dedos por el brazo de la muchacha y, como quien no quiere la cosa, la ecaminaba a vivir la noche más romántica que vería la ciudad de Venecia, entre velas, cumplidos, caricias que tenían tacto de pluma y una Luna bien alta -entre las estrellas- que iluminaba los canales y le restaban un punto a los planes de los que se escondían entre los callejones como ratas, intentando no ser vistos por la ciudad como bien había ordenado la mafia.

Pero en aquel apartamento -tras las cortinas que cubrían el ventanal de la balconada- los enamorados no ocultaron ni una pieza de sus enrevesados cuerpos mientras se tocaban a un ritmo pausado que tan a destiempo quedaba con los latidos de sus corazones, concentrándose en cómo las yemas de los dedos convocaban un torrente de sensaciones que se manifestaban a escalofríos, a electrizantes ráfagas de una lujuria tan sensual pero a la vez tan inocente y delicada que más se asemejaba a los juegos de un par de adolescentes primerizos en el amor.
Y así de despacio transcurrió la noche entre aquellos húmedos labios italianos ardientes de pasión, siendo saboreada como el último mordisco de chocolate que compartieron esa noche.
Y así de despacio transcurrió la noche que Plauto nunca hubiera sabido describirla mejor.

sábado, 11 de junio de 2011

Me gusta lo difícil, me tienta lo improbable, me seduce lo imposible. Y tú cada vez me pones más bestia.

No tenemos que dejar los modales aparte, pero podemos saltarnos un poco las formas, tú me entiendes.
Permite que te diga lo que me gusta tu forma de caminar, contoneando las caderas y dejándome absorto en tus curvas, imaginándote tan desnuda como mi mente puede figurar, porque ¿sabes? te deseo con cada centímetro de mi piel y quiero que seas mía, para cada uno de ellos. La idea me provoca.

Y hablando de ideas: tú has desbaratado todas las mías. Nunca entró en mis planes enamorarme y mírame ahora, completamente iluso creyendo que quererte como yo te quiero es solo tenerte en cada suspiro, dejar de pensar en mí para que cada acción sea por ti, dedicarte todos mis pensamientos, volverme loco cada segundo de tu ausencia... y que así, cada vez te quiero menos.
Pero bueno, supongo que el alcohol me ayuda a sobrellevar todo esto, entre el hielo y su calor. ¿Te apetece una copa? Tengo más vodka dentro, además de un par de cajetillas de los cigarros de sabores que tanto te gustan. ¿Consumes tu vida fumas conmigo? Podemos acompañarlo de un poco de rock, para que no quede tan a pico, para que tarde en subírsenos a la cabeza y te pueda ir tocando cada vez con menos disimulo y tú vayas siguiéndome poco a poco. Las sonrisas no serán cómplices de esos sentimientos delincuentes que las manipulan en muecas de pudor, pues el descaro dominará nuestros actos.

¿Te hacen las ganas de perder el miedo para que te dominen las ansias de placer y que un extraño calor envuelva la habitación?
Venga, cae conmigo, mis sábanas son para dos, para compartir amaneceres toda la vida contigo...
Página 11 de mi libro de aún historias sin cumplir.

viernes, 10 de junio de 2011

Después de cada operación, sentimientos en formol y autopsias al corazón.

-Hola, cariño.
Las luces blancas envolvían aquella habitación de hospital. Parecía tan fría, que no concordaba con los sentimientos que se arremolinaban en Margaret y Thomas, que aún veía todo como con una fina neblina borrosa hasta que, un par de parpadeos después, la percepción para él volvió a la normalidad, aunque su voz estaba más débil que nunca, con un hilo melódico que temblaba de miedo por desaparecer.
-¿Los niños...? ¿Dónde están los niños?
-Tranquilo, tranquilo: están bien, con tu hermano Sam.
Hubo unos segundos de pausa hasta que el hombre volvió a intervenir.

-Ah -se quejó con una expresión de dolor en el rostro mientras intentaba enderezarse en la incómoda camilla- ¿los niños están bien?

-Sí, amor, descuida. Ahora intenta descansar. Venga, así -comentó Margaret recolocándole la almohada desde el sillón verde de orejas que estaba al lado de la cortinilla de separación y los sueros-, cierra los ojos.

-Los niños...
Así, perdiendo la fuerza de las cuerdas vocales hasta caer en un sueño que llegó inesperado, se adormilaba el marido de aquella mujer de pelo anaranjado recogido en un precioso moño, de esos que cualquiera vería y calificaría de peluquería cuando había sido ella misma con ayuda de un triple espejo. Era una dama de una clase y un porte inestimables, pero, paradójicamente, de una sencillez abrumante, siempre con su precioso sombrero de paja.

Aquella tarde se vestía de beige y chocolate que tan bonito contraste hacían con su piel pálida de pecas claritas y nariz respingona. Sus uñas pintadas de marrón también quedaban muy a juego con ella misma y su dulce manera de mover los dedos, su sonrisa de labios caramelo.

Ahora, miraba desde sus iris verde botella, tan oscuros como aquel sillón en el que se encontraba, cómo de avecinaba en cansancio en la cara de su esposo -que tan borracho de anestesia estaba- y, reflexivamente, también lo miraba en la suya. Con los tobillos hacia dentro, chocándose las puntas de las sandalias de tacón, clavaba los codos en sus rodillas y dedicaba unos cuantos pensamientos al optimismo y al "todo saldrá bien". Un suspiro de alivio se coló entre sus perfectos dientes y una oración de gracias, desde su corazón.

Pero, a pesar de todo, no se podía imaginar lo que su tan bien conocida pareja, con la que tanto había compartido, soñaría aquella noche entre esas pesadillas que estaban a punto de comenzar...

miércoles, 8 de junio de 2011

Carga todas las balas de egoísmo.

Solo te queda un disparo. Venga, cañonazo a la pólvora, que el tiempo se agota aunque así no consigas cambiar tu objetivo. Está bien claro: la bala tendrá que clavarse pronto en algún corazón, así que no tardes en decidirlo. A ti no te importa quién, ¿qué más dará cobrarte una vida que otra? Con todas, el revólver tendrá retroceso, el mismo efecto para ti.
Venga, decide a qué órgano del amor condenar, que pronto caducarán todos los San Valentín y te quedarás con tus mismas mentiras, pero también sola.
Ahora no te tortures, tienes que elegir aunque este destino nunca lo decidiste tú. Ahora no llores, límpiate los ojos porque nada va a cambiar.

martes, 7 de junio de 2011

Tardes de película y nosotros, los actores.

Esta vez soy yo la que pasea su nariz por todo tu maxilar, y picas, y me encanta. Hago intención de acercarme a tu oreja para susurrarte otro de nuestros 'te quiero' clandestinos, de esos que nos decimos para que solo lo oigamos nosotros, de esos que van con el mensaje de que es sin cantidades, que simplemente es. Y para nosotros, después de tanto repetir, se nos ha quedado grabado como ese rumor que siempre te susurra cuando piensas, como una burbuja de sal que te envuelve de repente y no puedes desimaginar el eco de las olas.
Y así transcurre otra tarde de silencios en el puerto, con alguna que otra gaviota dándole el toque Hollywood al embarcadero y robándonos una sonrisa que se escapa con la decoloración del sol al atardecer entre los barquitos blanquecinos que se mecen entre la brisa.

Déjate llevar y acabarás perdido entre conciertos sin canción.

Y es que ahora todos son de no gastarse la garganta ni trabajar duro, de no sentir la pasión, de carecer de algún mísero sentimiento por ello. Entonces, desaparecen los cayos de los dedos para ser sustituidos por máquinas, se compran -con el contrato decisivo- algunas caras bonitas y destrozan los pilares de los que sí lo hacen de verdad.
Porque, como llevamos viendo un tiempo, ahora las apariencias es lo que está de moda, la superficialidad envuelve todos los corazones... y los que son menos fuertes, hasta convierten el amor solo en besos de plástico maquillado de cosméticos insípidos e instinto, de animales.

sábado, 4 de junio de 2011

Me darás los buenos días después de nuestras mejores noches.

Házmelo todo esta noche. Cómete mi piel en cada beso, quémame a base de caricias. Tócame despacio, cariñoso, con más deseo que nunca. Desabotóname la ropa con calma y lléname así de miedo, de inseguridad, por concederme la oportunidad de pensar en cómo será esta vez. Tírame en la cama, atrápame encima, vuélveme más pequeña que nunca. Deshazte de mis medias lo más rápido que puedas, y de lo que le sigue. Dibuja con tus yemas por mi espalda lo que nunca pintaron los artistas. Lléname de vergüenza con una sonrisa cómplice, ávida de mi desnudez. Saca mi lado más salvaje y destroza mis labios a mordiscos. Roba mi olor respirándome por el cuello. Despéiname. Apégame contra tu piel y transfórmame en lujuria, regálame un trocito de éxtasis. Convoca el placer a mi cuerpo.

viernes, 3 de junio de 2011

Prepararon una historia que no era, pero los planes le salieron perfectos.

Se equivocaron. No cogieron el tren a Estocolmo y el destino les deparó en París, entre el frío de aquel invierno y el olor a panaderías francesas, a dulces. Pero las calles les resultaron más llamativas, la nieve le daba un encanto a los edificios que no se encontraba por Barcelona y lo más importante es que estaban juntos y con eso se las apañaron bien, viviendo de la improvisación y de las maletas rojas que nunca se perdieron; disfrutando en los portales de los edificios, sin hoteles ni desayunos pagados; paseando a medianoche, sin horarios ni reglas, pues allí lo único establecido era el amor que se tenían; las estaciones de metro los arropaban contra la lluvia y le daban ese toque de romanticismo a un beso de huesos calados.
Aprendieron a vivir de ellos mismos y quedaron como los maestros de la acción.

Su monólogo reprochando a Corazón.


Desde hacía tiempo, él vivía a modo de Razón, pues siempre se había guiado por Corazón pero este le había cambiado los papeles a su apreciada compañera de discusiones. 
El hielo y la crudeza dominaba sus actos, el placer se había vuelto un acto sin amor, sin caricias eléctricas, indistinto -si la joven que se había rendido a su cama era atractiva, sensual y de elegante belleza-. Pero apareció aquella otra muchacha, inocente y dulce. Parecía derretir un poquito su postura y convencer de que oyera a Razón, que tan muda y sola había estado todo ese tiempo, arrinconada en alguna parte recóndita de su ser.

-Desdichado condenado, ríndete de una vez al diablo para que te aten con cadenas de acero al eterno fuego, que arder por pecador de lujuria en ti mismo te es peor que por cobarde, cobarde del amor, en una condena perpetua, querido Corazón. Tienes miedo, más que nunca, ingenuo latente sin pasión, que más a pícaro te asemejas que los propios de la literatura, pues pretendes vivir sin sentirlo, sin desvivirte por alguien diferente a tu constante ritmo.
>>Estás ausente en el romanticismo porque no quieres vivirlo solo otra vez, de eso estoy seguro. Pero se ha reventado tu coraza, ya no puedes protegerte con el incesante frío que te envolvía. Vuelves a latir y un extraño calor te estrecha la jaula en la que te encuentras. Déjate escapar. Este cuerpo te lo pide a gritos. ¿Es que no lo ves? Las yemas de mis dedos sueltan chispas y, contigo, el alma me vibra; mi expresión fija es la de éxtasis y los amaneceres te conmueven más que nunca, tanto, que me obligas a llorar. No te engañes, no te conduzcas al infierno por tu propio pie.
>>¿Acaso es tan malo que sufras poco a poco mi necesidad de tenerla entre mis brazos como antes siempre hacías? ¿O es que te intimida aún más que me esté robando todas las sonrisas para obligarme a compartirlas consigo? No quieres tener fe en que me las devolverá sin yo pedírselas y me regalará más de las que tenía para cautivarme un poco más; cómo agonizas al descubrir que cada vez es más cierto: sabes como yo que aquel beso no fue una confusión. ¿Dices que sólo se está divirtiendo contigo? Quizá juegues tú mismo, más aún, si te obligas a creer una mentira ahogando a Razón -que esta vez está de mi parte- en lo mismo de siempre: los grados de más. Pero cuando recupere su siempre sano juicio, volverá a pedirte a gritos asfixiados que regreses a lo tuyo, que ella no soporta las corazonadas si tú no estás para llevarlas a cabo, y es que llevas meses haciendo su trabajo, racional y cuadriculado. Nunca se ha salido de los moldes, pero necesita enardecidamente discutirte y que no la creas, que hagas como siempre y la cuestiones, que no le brindes ni una pizca de atención a sus palabras, pero con los guiones correspondientes: no tú como ella y ella como tú. No se os da bien, yo también lo pienso. Además, reincidís en lo que erais y actuáis de manera tan poco verídica mezclando lo que nunca creísteis con lo que siempre fuisteis que os parecéis demasiado a simple vista y yo estoy cansado de que me deis servido el equilibrio, sin posibilidad a equivocarme. Deja de actuar, ella quiere volverte a sentir como caluroso amante desenfrenado.

>>Yo no sé cómo lo hace, pero mi chica cada día te vuelve más idiota, y estás cayendo sin quererlo.
¿Cómo puedes intentar creer que soy inmune a todo esto, inmune a ella? No puedes negar ya que ha dominado mis instintos.
Venga, solo te falta ceder un poco.

La mirada felina de Savannah.

Savannah observaba atónita a su padre. A sus cinco años, su profunda mirada parda brillaba con una dulce pasión que a todos dejaba desconcertados, por la destreza con la que bailaban sus pestañas que remataban sus párpados, que lucían gráciles como gatos en la noche.
-¿Qué tienes, papá? ¡¿Qué es eso?!
-¿Dónde, cariño? ¿A qué te refieres? -dijo chequeándose de hombros para abajo.
-¡Ahí, ahí! ¡Un poco más a la izquierda! -dijo señalando el pecho de su padre con euforia y preocupación- ¡Justo en tu corazón!
Él sonrió entre satisfecho y comprensivo, se acuclilló para estar a la altura de su hija y le acarició su lacia melenita rubia con ternura.
-Oh, mi ni niña. Eres tú. Y tu madre. Los amores de mi vida.
-Qué guapa era mamá.
Y la abrazó suave pero con firmeza, robándole cualquier oportunidad de que viera rodar aquella lágrima por su mejilla.
-Y tú eres igual a ella, pequeña.

miércoles, 1 de junio de 2011

Bailes de medianoche.

Y se quedó sola con aquellos sueños que entonces le parecieron pesadillas, sus historias perdidas, esas prendas que nunca le fueron a medida, para dejarle paso a la reina de la fiesta, la que lució el vestido más bonito -que desconcertó a aquel tan trajeado que se servía algo de ponche-.
En un segundo, se descubrieron en medio del salón y sus miradas se engancharon. Una pequeña sonrisa se asomó por sus labios a modo de saludo y ninguno supo en qué bolsillo esconder los nervios, si junto al pañuelo de seda o en el lugar de la rosa que él le cedería con un giro de muñeca en el que no temblarían ni un segundo sus dedos.
Una pregunta acompañó a la música que decoraba el ambiente y la hizo quedar secundaria frente al tono de su voz. Un "¿bailamos?" como si se tratara de una retórica en el que la agarró de la cintura sin oportunidad de dar respuesta y la difuminó entre las demás doncellas en un vals. Un, dos, tres; un, dos, tres. Intentando acompasar sus respiraciones con la melodía, perdiendo el ritmo. Ésas cada vez eran más rápidas e inseguras; como sus miradas: cada vez más perdidas e indecisas. Pero se encontraron y no hacían más que hablar por sí solas, sin consentimiento, tomándose la libertad de darle permiso a sus labios para llevar ahora la melodía.