domingo, 22 de mayo de 2011

Sus férreas paredes no resisten los años estando solas.

Los inmensos ventanales de la de Burgos se rodean de piedra de inverosímiles formas como hechas de encajes que si tantas mujeres bordaran en la roca conseguirían arropar los marcos de la celestial catedral gótica.
El marmóreo suelo vela por el eterno sueño de las carnes del Cid, mientras que las gigantescas, inmensas columnas no parecen más que conducir a las almas al cielo, ensalzando la figura del Todopoderoso con un camino recargado de retablos barrocos, que recuerdan las escenas del Dios que se hizo con un cuerpo en el vientre de una humana para pasearse entre sus creaciones.
Así también hacen las inmensas y luminosas vidrieras, que filtran el sol en mil colores e invitan a querer verlo por encima de las nubes.
La grandiosidad de los cientos de detalles dorados no tiene nada que envidiarle a las majestuosas pinturas que adornan las paredes del templo, custodiadas por algunos clérigos que alaban al Rey del cielo.
La de Burgos, tan arcaica como el resto del corazón de la ciudad.
La de Burgos, tan rústica y sólida como el resto del corazón de los que nunca supieron vivir por amor.

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