lunes, 2 de mayo de 2011

Murieron los eternos con la razón, y nacieron algunas ideas descabelladas que se contradecían.

Como una marioneta divina, como si se trata de uno de los personajes de Esquilo, los eternos me conducen a un porvenir un tanto incierto, para que, cuando todo se vaya a acabar, me vea envuelta en el final que ellos decidieron, sin opción a elegir.


Así, tan funesto se volvería nuestro futuro si creyésemos en el destino, pero hace tiempo que mi alma perdió la fe, que olvida lo abstracto para afiliarse, acérrima, a lo que pueda sentir en sus carnes. Mi mente se construye nueva -como si fuera una dulce niña que ha jugado en la ignorancia y haya despertado su picardía- sobre los pilares del logos y ninguna obra ha sido más perfecta, más exacta, más grandiosa que ésta. Los que fueron primeros en esta misión, los filósofos que ni miedo alguno tuvieron a encarar a de las que ahora me sé consciente mentiras de los cielos, del Olimpo y de los sueños que nos regalaba Morfeo.


Pero cierta una cosa es: tan especiales son las casualidades que a veces se las atribuimos a alguna deidad, a aquello que no podría superar más nuestra imaginación. Así, de cualquier manera, me consuela creer son solo cosa de la suerte -la nueva por la que me gusta desvariar- porque carecen de ciencia alguna.
Y sabiéndome llena de aquélla, lanzo un beso para todos aquellos que razones han encontrado para explicarse los recónditos espacios sin respuesta, que imaginar un sueño con nuestra bien enderezada razón también nos hace crecer como humanos en nuestra tarea de vivir.

Sé que nunca me sabré entendida en mis formas de decir esto hoy, pero no era más que para adornar que por suerte, te entiendo a ti.

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