lunes, 12 de diciembre de 2011

Anacrónico amor y desencajadas esperanzas que parecían suficiente para camuflar su dolor.

  Dave parecía el típico rockero de las películas de los cincuenta, ésos de aire de duro, de sonrisa blanca y tentadora, maliciosa y atractiva, de los que llevan un cigarro encendido entre los labios mientras apoya la espalda y el pie derecho (siempre el derecho), desinteresado, en la pared. Usaba también el pelo engominado en una especie de tupé similar a los de Hollywood pero algo desordenado, con ese toque perfecto de adolescente, haciendo juego con la perfilada barba que le nacía en las patillas y venía a morir en la barbilla. Lucía siempre de negro, entubado en pitillos desgastados, marcando sus piernas con firmeza y dándole un atractivo que se le escapaba de lo verosímil a las muchachas del barrio, con sus botas de cuero que tan a juego iban con la cazadora y la Harley adornada con platas y piel. Se escondía el revólver en la cintura de los pantalones y solía custodiarlo por su mano izquierda, excepto cuando fumaba. Cuando fumaba daba igual la maldita pistola y el resto del mundo. Solo tenía ojos para ella.
 Y Jane, como ajena a su amor secreto, desde el escenario de su gloriosa desvergüenza, pretendía seducirlo otra vez con un beso suicida lanzado desde sus labios rojos y sus pestañas se ponían de acuerdo para hacerle un guiño con su maquillaje estilo Marilyn Monroe. Su vestido vaporoso y ligero le prometía volar para él en los respiraderos de metro en Nueva York, pero también podrían dejar que se lo llevaran sus manos en cualquier servicio público, porque, en su juego de miradas, parecía que todo les sobraba.

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