domingo, 10 de abril de 2011

No tienes valor.

Los fines de semana pasan de ser para verte a resumirse, consumirse en horas de fumar. Y si era antes cuando llenaba mis pulmones de aire limpio o de tu aliento en cada beso, ahora los intoxico despacio en cada calada, porque poco me aleja ya de la muerte y no tengo miedo.
Me canso de esta rutina, realmente, de todas las rutinas, pero más de ésta en particular. Ninguna resultó de mi agrado, exceptuando la que fue nuestra: viernes, sábados y domingos compartiendo el único tiempo que nos permitían, con una sonrisa invencible que nadie, nada consiguió eliminar si estábamos juntos, los incontables 'te quiero' que yo creía sinceros y caricias, muchas caricias. También era una rutina de excusas baratas: excusas para cogerte de la mano, excusas para tocarte de arriba a abajo, excusas para colarme por tus bolsillos, por tu ropa, excusas para hacerte mío sin necesidad de excusas.

Y ahora, dime: ¿qué ventaja tiene una rutina vacía de lo que yo considero vivir contra una en la que ni se nombra la soledad, la desgana o la distancia? Exacto, ventaja nula, ya me percaté hace un tiempo, porque ¿cómo aceptar una vida sin tu amor después de que me lo cedieras todo cuando te lo pedí, en un tiempo que se me hizo tan efímero? No, no se puede.

Aquel extraño veintiséis consiguió que me diera cuenta de que los pequeños detalles de cada ocasión hay que volverlos realidad, no se pueden reservar: es posible que nunca más haya un momento. Y mi corazón los fue guardando, hasta que ese día pesó demasiado y se convirtió en literatura desordenada, sin ánimo, sobre folios en blanco que nunca tendrían nada que decir, porque lo que se hizo, fue lo que quedó, y de poco sirve hablar ahora si nadie escucha.

Nunca hubo un último, de nada. No conseguí enlazar la mitad de las ideas que se amontonaban en mi mente y en mi corazón, o mis ojos de vidrio. Y por cobarde, por no ser capaz de apostar lo que no me queda ahora -igualmente- en una sola jugada veloz, condené mi alma al bloquear la necesidad de actuar de mi corazón como si de un acto suicida se tratara.

Y los engranajes se oxidan, las válvulas, las arterias. Se vació mi sistema circulatorio y tú bebiste mi sangre, regocijándote, jocoso de la victoria en el último contacto que tuve con tu piel, aquel profundo y triste abrazo que lo dijo todo y se llevó, apegada a tus ropas, la esencia de mi ser.

Y todo por cobarde.

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