viernes, 8 de abril de 2011

Monstruosamente imaginada.


Y cuando tenga el suficiente valor, esas fuerzas para gritar lo impronunciable, para conseguir confesar lo que nunca fui capaz de decir, me liberaré por fin de ése ácido, porque tenerlo dentro me está corroyendo todos los órganos, consiguiendo que mi corazón se pudra como una manzana vieja y el alma se evapore -con su esperanza y entusiasmo- como un suspiro entre calada y calada. 

Necesito vomitarlo, escupirlo fuera de mis labios, aunque sea desordenado, rápido o la mitad, aunque no te esmeres en entenderlo y te olvides, aunque no seas consciente de que me está carcomiendo, que consume la poca humanidad que quedaba en mí y me transforma en una bestia histérica, apabullada, llena de pavorosas emociones que asustarían a cualquier incauto que se acercara a mis fauces con ánimo de saludar y ver si puedo ayudar, porque él anda igual de perdido que yo, igual de solo, y necesita algo de amor de una noche.

De noches de pasión como las nuestras, ésas en las que la lujuria acumulada casi sobrepasaba el cariño para convertirse en el más puro pecado -en el que solo pretendíamos rozar el infinito con la punta de los dedos del placer-, ésas en las que la Luna nos envidiaba entre sus resplandores blancos. Pero eso quedó en simples memorias del ayer, que las disfruto como un débil escalofrío que me recorre la médula al evocarlos. No, ahora estoy sola, y me transformo en un monstruo absurdo, pues soy yo la que se tiene miedo, mucho miedo de que en cualquier momento mi cuerpo acabe sustituyendo el lugar de las estrellas como polvo brillante, como purpurina al haber estallado en miles de colores -como si de fuegos artificiales se tratara- en medio de aquella oscuridad en la que todo parece cerca pero te es imposible agarrarte a nada, porque -simplemente- estás perdido en medio del vacío.


Ya no tengo ganas de mentir, de aparentar que no necesito acurrucarme entre tus brazos, que son los únicos que consiguen calmar mi rabia y me dan la seguridad de querer vivir, pues eras la razón en la que basaba mi existencia.

Pero desapareciste como polvo brillante, como purpurina en medio de aquella oscuridad en la que todo parece cerca pero te es imposible agarrarte a nada. Desapareciste en el pasado.

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