sábado, 30 de abril de 2011

Lo que nunca te diré.

-¡Hey! perdona que no me atreva ni a mediar palabra contigo; perdona que no sepa sonreírte, ni hacer un gesto para saludarte; perdona el que no pare de mirarte de esa forma y de cualquier otra; perdona que deje de ser la que conocías en ese 0' en el que nuestras miradas se cruzan y eternizan el tiempo entre el agobio de las gentes, de las prisas, y me conceda el recordar en un flash cada uno de tus detalles.
>>Sinceramente, pierdo el sentido, la noción de lo real, y caigo rendida a un profundo y electrizante escalofrío; perdóname también.
>>Perdona mi orgullo de hielo, que nos perdió hace un tiempo: perdona lo que dije, lo que no dije y lo que nunca me atreví a decir. Perdóname. Perdóname toda la envidia, la rabia que siento de todo y por todo; perdóname las heridas de las que te culpé cuando me las hice yo sola. Perdona, pero es que las personas somos lo que nos dejó el pasado, y yo acabo de empezar a aprender de lo que he vivido sin ti.
>>Aunque después de todo, aún me seduces, me provocas. Quizá me gustas, pero ya se acabó el amor, y eso no lo podrás perdonar nunca.

Me excitas.

Con los pies en el respaldo del sofá y cabeza colgando, pero más bien en alguna otra parte, estaba pensando, fumando despacio y liberándose de todo lo que la mataba por dentro: lo propio del tabaco y aquellos sentimientos que le reducían a escombros su alma.
No se podía creer que se hubiera acabado el amor que inundaba sus entrañas en soledad. Ahora, no hacía más que darle las gracias a su corazón por haberse desatado de esas cadenas que lo asfixiaban y lo condenaban a vivir anclado en recuerdos.



Ahora se había acabado: tenía ganas de vivir. Se levantó rápidamente y se incorporó después del pequeño mareo que revolvió aún más sus locas ideas, partió el cigarro y corrió hacia el baño para quitar todas las fotos en las que salía él que tenía colgadas en el espejo. Las arrancaba a dos manos y las tiraba al suelo, riéndose de lo triste que había sido su existencia: ¿acaso ella no había sido siempre un alma libre?



Eso fue hasta que cogió, con la zurda, una de las que eran sus preferidas. Se lo veía sonriendo con una de esas caras con las que conseguía solucionar todo, con la cara de satisfacción de haber conseguido enfadarla para disfrutar de su adorable nariz arrugada.
-Hoy no te quiero, pero, ¿sabes? me vuelves loca y te conviertes en mi perdición.

Y volvió a colocar la instantánea en el lugar que siempre estuvo, junto al resto de aquellos perfectos recuerdos congelados.

jueves, 28 de abril de 2011

Vuela la imaginación, pero el valor se escapa entre suspiros.

Ella esperaba fuera del instituto, mortificándose las uñas con un ansia incontrolada, a que pusiera los pies fuera de la puerta para asaltarle con una conversación que no se dibujaba lo bastante clara en la mente de Victoria como para que pudiera surgir algo con sentido de sus labios.

-¡Oh! ¡el timbre! -dijo mientras se recolocaba rápidamente en una posición con la que pareció desaparecer su inquietud, incluso, con la que mostraba desinterés: no tenía ganas de que la viera tan nerviosa.
Las clases de teatro habían servido de algo, pero esta vez ella no tenía los guiones.


Y avecinaban ya su salida los estudiantes mientras Victoria no perdía puntada para que no desapareciera su única oportunidad. Demasiado poco se perdió, para su gusto, pues se "deleitó" con el beso tan adolescente que le dio aquella arpía a Carlos en contestación a lo que fuera de lo que estuvieran hablando.
Firme, avanzó dos pasos e interrumpió con total naturalidad, como si no hubiera visto aquella -para ella- nauseabunda muestra de un supuesto cariño.
-Olivia, ¿me lo prestas un momento? Bueno, si él quiere ser prestado, claro.
-¿Por qué no? -contestaron al unísono y un estúpido gesto de complicidad apareció en sus sonrisas.



Se apartaron un poco, no más de un par de metros, pero lo suficiente para conseguir la confidencia perfecta para Victoria, una intimidad que ni era íntima ni cosa de ellos dos, pero era lo único que podía pedir en aquellas circunstancias.
-Carlos, yo...
-¡Anda ya! ¿Que lo sientes? ¿Vas a contarme lo que todas? ¿Sabes? no tengo tiempo para escuchar súplicas absurdas que no llegarán a ninguna parte -la cortó en seco, con aires de rudeza, empañando por un segundo los ojos de ella con una bruma un poco espesa que no le dejó ver mucho más que sus pies sobre el suelo mientras se precipitaba una lágrima sobre la punteras de sus nuevas deportivas. Pero, de repente, irguió la cabeza con un giro rápido y sus pupilas, más oscuras que nunca, se clavaron con decisión en las suyas, dejándolo en estado de parálisis y consiguiendo que recordara por unos segundos que esas miradas de euforia un día fueron de él, y las echó de menos.
-¡NO! Vas a escucharme, no sé si muy alto, pero bien claro sí que te lo puedo asegurar. -Casi en un susurro prosiguió-, te echo de menos, pero eso ahora es lo que menos importa; me duele que me hubieras ocultado que no era la única con la que te compartías, pero más me hiere haberme hundido yo sola en esta basura de vida que llevo ahora y de la que te echo la culpa; siento que ya no me dediques ni una sola sonrisa por las que yo me desvivía, pero más lamento haber dejado las mías aparte por ti; porque siento que nunca he sido quien soy, porque contigo era una apasionada que vivía el amor como un desenfreno en el que no faltaba la lujuria, ahora, no puedo ver más negra mi vida, y antes, era una amante de lo realista, de lo sencillo y de las mentes limpias de cualquier punto de vista subjetivo.
>>¿Sabes? Hay cosas de las que siempre voy a culparte, para bien y para mal, pero nunca voy a perdonarte que no te despidieras, que no cumplieras ni uno de tus planes ni promesas, igual que yo me achacaré el haber dado por sentado algunas cosas que luego se desarrollaron de otra manera por no aclarar cuentas. ¿Sabes?... creo que por eso te amo tanto y me tentaste a conseguirte. Así que, ahora sí, perdóname por haber sido tan absurda, por creerme que la distancia y el tiempo destrozan los lazos que más que de cintas eran de cuerdas con nudos de marine.

Y sin más, la besó, abrazándola más fuerte que nunca. Había olvidado lo única que la hacía su pequeño mundo interior y lo mucho que le gustaba pasear por él. Al fin y al cabo, actuar sobre un escenario -cada vez diferente- no la convertía en alguien impersonal, es más, conseguía que creciera sus ansias de ser ella, la chica tan entusiasta de la que se enamoró.
Volvía a invadir su cuerpo un aire que sabía tremendamente a Victoria y, por una vez, consiguió algo de paz consigo mismo.
-Gracias.
-Adiós, Victoria. Aunque, de verdad, preferiría que se quedara solo en un "hasta luego".

Dio media vuelta y siguió su camino para volver a caer en manos de cualquiera que le diera un poco de calor para tratar de imaginarse que algún día llegaría a ser la sangre hirviente de pasión que tenía Victoria.

Con la cabeza llena de pájaros de vuelos que escriben su nombre.

Oh Don Quijote, pobre hidalgo iluso, desgraciado de amores por no haber podido conquistar el corazón de la tan burda Dulcinea con tu mente enferma de literatura, de aventuras, de mundos sin horizontes. ¿Quién merece tus lamentos, caballero? Un buen guerrero lucha por el deseo de una dama, pero si se es cortesano -por tanto, letrado- sabe ingeniar las batallas con refinado estilo de ingenio para quebrar la espada del contrario con un simple giro de muñeca.

Oh Don Quijote, que si tanto cabalgaste en Rocinante por los amplios campos de Castilla cómo puede faltar libertad en tus actos, todos regidos por el poder de la mujer que solo fue reina de los dominios de tu alma.

Oh Don Quijote, tu rudo compañero, Sancho, poco pudo hacer para salvarte de tu locura, de tus desvaríos, de tus delirios vestidos de armadura de plata y rugir de valor y coraje frente a unos molinos que un día hicieron de gigantes.
Oh Don Quijote, cómo perdiste el buen juicio por ansiar una historia que querías convertir en tuya.

sábado, 16 de abril de 2011

Fiuuuu -h- plof.

Mimi estaba clavando los codos en el escritorio de su cuarto, balanceando un lápiz entre sus dedos de la mano derecha y con una libreta medio en blanco delante, con la mente en otra parte mirando el mar a través de la ventana. Había gastado toda su imaginación, todos los botes que guardaban ese dolor con recelo -como si fuera magia lo que los llenara- para derramarse gota a gota como literatura concentrada se habían vaciado. No quedaba ni un poco de brillantina con la que adornar un par de versos. Antes lo culpaba de hacerla sufrir, ahora lo culpa de haber vuelto su existencia un sinsentido, porque ni es él ni no es. Empezaba a darle igual lo que aquel hombre hiciera con su vida, pero, por encima de todo, dejaba de importarle lo demás y ella misma. Miró de nuevo al folio y soñó que algún día sonarían aquellas palabras en blanco con algo de batería y guitarra. De momento, solo era una balada de silencios en la que bailaban de la mano su indiferencia y su mente inerte de revueltas locuras. Acarició el papel y así cayó al vacío el último suspiro que podría dedicarle, y con él, los restos de su roto corazón.

domingo, 10 de abril de 2011

No tienes valor.

Los fines de semana pasan de ser para verte a resumirse, consumirse en horas de fumar. Y si era antes cuando llenaba mis pulmones de aire limpio o de tu aliento en cada beso, ahora los intoxico despacio en cada calada, porque poco me aleja ya de la muerte y no tengo miedo.
Me canso de esta rutina, realmente, de todas las rutinas, pero más de ésta en particular. Ninguna resultó de mi agrado, exceptuando la que fue nuestra: viernes, sábados y domingos compartiendo el único tiempo que nos permitían, con una sonrisa invencible que nadie, nada consiguió eliminar si estábamos juntos, los incontables 'te quiero' que yo creía sinceros y caricias, muchas caricias. También era una rutina de excusas baratas: excusas para cogerte de la mano, excusas para tocarte de arriba a abajo, excusas para colarme por tus bolsillos, por tu ropa, excusas para hacerte mío sin necesidad de excusas.

Y ahora, dime: ¿qué ventaja tiene una rutina vacía de lo que yo considero vivir contra una en la que ni se nombra la soledad, la desgana o la distancia? Exacto, ventaja nula, ya me percaté hace un tiempo, porque ¿cómo aceptar una vida sin tu amor después de que me lo cedieras todo cuando te lo pedí, en un tiempo que se me hizo tan efímero? No, no se puede.

Aquel extraño veintiséis consiguió que me diera cuenta de que los pequeños detalles de cada ocasión hay que volverlos realidad, no se pueden reservar: es posible que nunca más haya un momento. Y mi corazón los fue guardando, hasta que ese día pesó demasiado y se convirtió en literatura desordenada, sin ánimo, sobre folios en blanco que nunca tendrían nada que decir, porque lo que se hizo, fue lo que quedó, y de poco sirve hablar ahora si nadie escucha.

Nunca hubo un último, de nada. No conseguí enlazar la mitad de las ideas que se amontonaban en mi mente y en mi corazón, o mis ojos de vidrio. Y por cobarde, por no ser capaz de apostar lo que no me queda ahora -igualmente- en una sola jugada veloz, condené mi alma al bloquear la necesidad de actuar de mi corazón como si de un acto suicida se tratara.

Y los engranajes se oxidan, las válvulas, las arterias. Se vació mi sistema circulatorio y tú bebiste mi sangre, regocijándote, jocoso de la victoria en el último contacto que tuve con tu piel, aquel profundo y triste abrazo que lo dijo todo y se llevó, apegada a tus ropas, la esencia de mi ser.

Y todo por cobarde.

viernes, 8 de abril de 2011

Monstruosamente imaginada.


Y cuando tenga el suficiente valor, esas fuerzas para gritar lo impronunciable, para conseguir confesar lo que nunca fui capaz de decir, me liberaré por fin de ése ácido, porque tenerlo dentro me está corroyendo todos los órganos, consiguiendo que mi corazón se pudra como una manzana vieja y el alma se evapore -con su esperanza y entusiasmo- como un suspiro entre calada y calada. 

Necesito vomitarlo, escupirlo fuera de mis labios, aunque sea desordenado, rápido o la mitad, aunque no te esmeres en entenderlo y te olvides, aunque no seas consciente de que me está carcomiendo, que consume la poca humanidad que quedaba en mí y me transforma en una bestia histérica, apabullada, llena de pavorosas emociones que asustarían a cualquier incauto que se acercara a mis fauces con ánimo de saludar y ver si puedo ayudar, porque él anda igual de perdido que yo, igual de solo, y necesita algo de amor de una noche.

De noches de pasión como las nuestras, ésas en las que la lujuria acumulada casi sobrepasaba el cariño para convertirse en el más puro pecado -en el que solo pretendíamos rozar el infinito con la punta de los dedos del placer-, ésas en las que la Luna nos envidiaba entre sus resplandores blancos. Pero eso quedó en simples memorias del ayer, que las disfruto como un débil escalofrío que me recorre la médula al evocarlos. No, ahora estoy sola, y me transformo en un monstruo absurdo, pues soy yo la que se tiene miedo, mucho miedo de que en cualquier momento mi cuerpo acabe sustituyendo el lugar de las estrellas como polvo brillante, como purpurina al haber estallado en miles de colores -como si de fuegos artificiales se tratara- en medio de aquella oscuridad en la que todo parece cerca pero te es imposible agarrarte a nada, porque -simplemente- estás perdido en medio del vacío.


Ya no tengo ganas de mentir, de aparentar que no necesito acurrucarme entre tus brazos, que son los únicos que consiguen calmar mi rabia y me dan la seguridad de querer vivir, pues eras la razón en la que basaba mi existencia.

Pero desapareciste como polvo brillante, como purpurina en medio de aquella oscuridad en la que todo parece cerca pero te es imposible agarrarte a nada. Desapareciste en el pasado.

Fuimos d e m a s i a d o fugaces.

Dormiré olvidándome de la posibilidad de volver a ser como los refulgentes astros de la negrura: un pedacito de la estrella Nosotros ya vive en el presente, aunque preferiría volver a su lugar en aquel firmamento en el que resplandecía como especial, en su totalidad.
No estaría mal que volvieras como meteorito y al menos me devolvieras lo que te quedaste de mí allá lejos.


Aunque podríamos reconstruirnos, después de todo, las estrellas no brillan tanto si son menos, ¿no?

domingo, 3 de abril de 2011

Rescátame...

No he cerrado mi corazón, no es que no quiera abrir, es que estoy atada en el sombrío y húmedo sótano de mis entrañas. Ni puedo hablar o moverme y solo siento como me rozan esas cuerdas que tan fuerte me tienen prisionera. Nadie tiene las llaves para entrar y sacarme de ahí, nadie puede derribar la puerta. Él se llevó aquella que era la manera de acceder y la partió, para evitar que alguien entrara. Ni siquiera hay ventanas, algo luz natural. Sólo un foco que me apunta y hace que no me oculte en la siniestra oscuridad de la habitación, pero se empieza a fundir, a parpadear: mi esperanza artificial se consume, como el oxígeno -lentamente-, y cada vez duele más respirar...

sábado, 2 de abril de 2011

Lugar adonde nos lleva, siempre, el amor.

Si ves imposible ser feliz porque todos tus planes y principios, toda tu forma positiva de ver la vida -sin dejar de ser realista- es porque, ahora, no encaja con lo que haces y queda como un sueño inalcanzable. Y entonces te echas de menos, a lo que fuiste, a lo que viviste y a aquello que te envolvía en lo que parecía una cápsula perfecta e infranqueable. Y de repente, todo -otra vez- parece menos fácil. La idea de que no comparta lo que sientes te destroza, quieres apartarlo, pero uno no elige cómo, cuánto ni de quién se enamora. Olvidar es científicamente imposible, no quieras conseguirlo, y no sabes si quieres volver a sentir lo mismo por alguien si después corres el caro riesgo de caer de nuevo porque, aunque todo corredor puede tropezar y -aún sabiendo que va a perder- levantarse y pensar en que habrá más carreras, en la vida no sucede igual: aquí, si se cae, ya no se gana la carrera, sólo la podrías terminar y, terminarla, no tiene premio. Nunca te esperaste llegar a pensar algo así, desde lo alto de tu torre, de pilares y estructuras a prueba de terremotos. Y, hundido entre tus pensamientos -que reflejan una mirada desvaída, sin brillo-, te das cuenta de lo que odias el reírte irónicamente tan a menudo, de todo, ser el más sarcástico y volver lo que haces, lo que sientes y lo que dices en un chiste del que te ríes tú mismo. Exacto, no eres más que otro cínico. Realmente, lo odias, sí, y ya te has cansado. Cualquier cosa resulta ser motivo para sacarte de quicio, pero ¿cómo vas a sentirte si parece que no entendieran nada de lo que sientes? Esa falta de delicadeza te corroe, pues no les pides el mundo, solo que no se lo tomen a risa. No quieres compasión, ni que lo sientan, solo un poco de calor, que no muestren ese corazón de hielo que basa sus latidos en el egoísmo.