lunes, 21 de marzo de 2011

Tardes de lluvia en la mansión.

El piano de negro ébano se hallaba asolado en la esquina más alejada de la puerta, solitario, sombrío, escondiendo una gama de sonidos melodiosos y armónicos, alegres y tristes, apagados y vibrantes; escondiendo la forma de expresarlo todo; amor,  odio, desconsuelo.

Me acerqué suavemente, en silencio, atendiendo al delicado y casi inaudible crujir del parqué al hundirse bajo mis pies. Mientras caminaba, acompañaba paulatinamente el sutil contacto de mis dedos con la madera. Me situé a su lado, acariciando -de derecha a izquierda y mirando el instrumento- la tapa que cubría el teclado, hasta que por la zurda me coloqué frente a la butaca del pianista y me senté.
Despacio, abrí la cubierta, provocando un leve chirrido de bisagras. De nuevo, me deslicé por el piano, notando cada reborde, cada resquicio entre las teclas... Y comencé a tocar. En un primer momento, la inseguridad me aturdía, me hacía temblar. Pero tras unos minutos, conseguí recordar esa nana que tocaba siempre mi madre, la que se calmaba los síntomas mi adicción musical. Mi propia inocencia corría por esa suave melodía. Aquella bonita y efímera evocación, aquel vago souvenir del pasado... Era mi infancia.

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