domingo, 13 de febrero de 2011

Los engaños no llevan azúcar.

Hoy, sus labios de cereza van a juego con sus pícaros rizos desordenados y algo más de cuatro pecas adornan sus cachetes londinenses y le dan un poco de inocencia a un rostro que carece de ella por todas las noches en la que su piel podría confundirse con mis sábanas blancas si no fuera por su suavidad y el calor que desprende.

Hoy, parece que sus estilizadas sandalias de tacón no tienen el protagonismo, ni sus tentadoras piernas, ni sus preciosos shorts crema, ni su cinturón de cuero trenzado -ése de la hebilla dorada-, ni su delicado escote... y sólo quedan sus uñas rojas que se pierden en las piruetas de su cuchara plateada, desorientada en un mar amargo con algo de sacarina, o su muñeca derecha -en la que giran dos pulseras áureas-, combinando con el medallón en forma de corazón que quedaba tan cerca de su cuello, o algo tan sencillo y combinable como su sonrisa.
Hoy, entre café y pastas, con la radio retransmitiendo algo de soul como un eco sordo casi imperceptiblemente en nuestros subconscientes, solo tengo interés en mirar sus inmensos ojos miel y perderme en sus kilométricas y sombrías pestañas, olvidar cualquier idea de deshacerme despacio de su blusa chocolate mientras en la habitación se respira tabaco de sabores a media luz.
Hoy, sus cachetes se colorean un poco tras haberle regalado una rosa del color de sus labios de cereza.
Otro San Valentín en alguno de nuestros octubres perdidos.

La última página del diario de Cassanova. Un loco, un enfermo que no conoce el compromiso, ni el dolor.
Uno sin amor que a mí también enamoró.

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