lunes, 28 de febrero de 2011

Intoxicada hasta la médula.

Otra vez. Recaída en mi media botella de licor y mis cigarros de vainilla.


Con el sistema nervioso trastornado, llorando y riendo sola por el piso, entré en el baño y vi mi camisón blanco desvarado, mi pelo totalmente anudado y encrespado, mi cara con ojeras y los ojos apenados, pero mi boca con una sonrisa absurda, de burla hacia mí misma, y no se me ocurrió otra cosa que preguntarle a mi reflejo:
-¿Dónde coño están los nosotros? Dímelo. ¿Dónde quedó aquello que era nuestro? ¿Se desvaneció, sin más?


Bajé la cabeza y me convulsioné en un llanto esquizofrénico.
-¡¡CONTÉSTAME!!
Y entonces, me fallaron las rodillas y caí al suelo. Me reí y las lágrimas no hicieron más que correr por mis mejillas.
-Por favor...
Recosté mi espalda en las puertas del mueble y me abracé las piernas. Y ahora sí que me lamenté de mi desdichado corazón, de mis desdichados días sin él y de lo perdida que estaba últimamente. Pensé en todas las razones que tenía para odiarlo, y no conseguí regalarle en mi mente ni un mísero gesto de desprecio, a pesar de mi embriaguez.
Algo más relajada y consciente de mi vergonzoso estado y de mi estupidez, pero aún siendo incapaz de ponerme en pie, me arrastré hasta dentro de la bañera y me recosté allí abrazando alguna toalla con la que me sequé la cara y dedicándole mis últimos pensamientos antes de caer profundamente entre mis sueños, aún bajo esa locura temporal, disfruté de cada una de las sonrisas que fueron solo mías y que nadie, nadie podría quitarme nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario