jueves, 17 de febrero de 2011

Secretos muertos.

Días muy raros, curiosos quizá, pero definitivamente, complicados de entender.

Hubieron risas. Carcajadas sonoras, llenas de vida. Eso, cuando solo estábamos nosotras, compartiendo una tarde de amigas como cualquier otra, pero que era nuestra únicamente y quizá eso me hacía sentir bien. Pero cuando nos sonreíamos era como si cada una estuviera cambiada por dentro, sonrisas con un toque que las hacía diferentes, que estaban adornadas de un sentimiento que no conocía... pero que me removía las entrañas.
Compartimos un paseo muy largo, simple, a lo mejor podríamos decir que fue incluso especial, como cada segundo a su lado, aunque acabó pronto en una reunión de amigos, de más que eso y de fumar.
De miradas sencillas, miradas cargadas de nostalgia, quizá de frío, o de heridas, que consiguieron atravesarme el alma en un par de parpadeos. ¿Qué podía maquillar sus pestañas llenas de dolor en aquel momento? Sentía muchísimo lo que ella estaba pasando, pero no era capaz de dirigirle ninguna palabra de apoyo por el simple hecho de poder hacer florecer la angustia en sus ojos, en forma de lágrimas. Así que también fue una tarde de silencio, de reflexiones, pero sobre todo, de disculpas. Disculpas calladas, vergonzosas, disculpas que nunca se pronunciaron pero se llevarán clavadas como metralla.

También, fue una tarde de miradas llenas de desamor, de desdén, de dejadez, de una libertad que se vive solo y que solo se comparte con algunas camas y caras que no se reconocen al despertar. Quizá estas miradas estaban llenas de frío, frío que intentaba llenarse de algún tipo de consuelo en el calor de los grados de más del alcohol, de cuerpos desnudos, de caricias furtivas, así de furtivas como las pupilas que se cruzaban y quedaban enganchadas una en la otra, en una especie de enlace eléctrico, magnético, pero que no tenía nada que ver con el amor.
Estas miradas, supusieron otras llenas de envidia, de celos, de rabia, de colérico romanticismo desenfrenado e histérico que nunca había conseguido reconquistar el corazón que cierta persona había robado. Miradas que nunca me atreví a sostener y que me obligaban a dedicar media sonrisa con los cachetes sonrosados, por la impresión, por la vergüenza y porque, a decir verdad, nunca fui capaz de soportar ninguna mirada durante demasiado tiempo.

Sinceramente, fue una tarde llena de miradas que se lamentaban de callar todo lo que llevaban dentro, miradas entre humo y timidez que intentaba evaporarse de la escena para conseguir algo más de confianza y cercanía. Tardes de verdades mudas con las que todos sabíamos hablar sin necesidad de palabras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario