domingo, 27 de marzo de 2011

¡Largo!

-Me iré de esta ciudad. 

Llovía afuera, y allí, se respiraba humo de tabaco. Encima de la mesa, una botella de vodka sin empezar y, aún así, en su cabeza rondaban miles de ideas, quizá, un poco descabelladas.
Es como si tuvieran demasiado en común, que compartieran demasiados aspectos y eso provocara cierta repulsión, que la obligara a sentir la necesidad de marcharse. O así lo veía Brielle, que se levantó de un solo impulso, dispuesta y con un arrebato de odio e ira contenida durante meses invadiendo su cuerpo. Apagó el cigarro en el cenicero, con una pausa en la que pareció decidir que sería el último que se fumaría, se dirigió -segura de sí misma, de lo que hacía, de lo que nunca se arrepentiría- hacia su cuarto y, de paso, cogió las maletas rojas que estaban en el desván. Las agarró por el asa y las tiró encima de la cama de matrimonio -deshecha y con aspecto frío por las sábanas, que solo guardaban su olor- para abrirlas y empezar a llenarlas con recuerdos, vacíos, que ya no tenían sentido alguno. Llenó el neceser de jabones, de perfumes Toda la ropa de los cajones, del armario: a dentro; los zapatos, los tacones. Vació por completo todo lo que fue su habitación, hasta dar con el vestido azul que tanto le gustaba. Su piel empalideció, al imaginarse a ella portando en sus definidas curvas ese traje, con aquella ropa interior negra que tanto le gustaba a él, los ligueros de los lazos -que eran su perdición- sujetando sus medias negras de cristal por el encaje en el que se remataban... y lloró. Lloró odiando el traje, odiando la primera noche y la última, y todas las demás, odiando las caricias que se colaron entre el raso, pero -sobre todo- lo odió a él; sin embargo, no hizo más que abrazar el vestido, y recrear la historia como nunca ocurrió.
-Yo sí cumplo mis promesas.

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