jueves, 29 de diciembre de 2011

Sólo hacen falta unas pocas palabras en el momento oportuno (el más jodido, para qué mentir) y adiós al hambre.
y a las ganas de vivir.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El crepúsculo de sus ojos.

Su espalda pecosa infectada de noche es ilegible; y es que con la vista humana no se aprecian los sueños que están enterrados en sus poros, rebosando magia. Mas nosotros, simples mortales y ciegos de amor, tendemos a querer leer el braille de sus lunares cuando lo que parece indescifrable es su mirada, que con tantos destellos ya no sabes cuál de ellos es la Estrella Polar y pierdes el norte.
¿Pero qué más dará el norte cuando tus dedos alunizan en su piel y miras impasible, como si fuera otro atardecer, cómo se encuentran despacio sus párpados? Los besos que se dan sus pestañas son mucho más bonitos, porque te lanzan -con la brisa que despega volando con su sueño- su vulnerabilidad. Y es que así, tan pequeñita, da miedo moverse y despertarla sin querer, rompiéndose el hechizo y robándote la oportunidad sentir que la protegías con solo mirarla y que guardabas su íntima forma de respirar en tus callados latidos.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Nacida de Zeus y tan humana...

Zenobia parece intocable, prohibida. Pero en realidad, es tan pequeñita que logra que te compadezcas y la abraces para darle un poco de calor.
Su problema es que consigue que quieran aferrarse a ella tan fuerte, tan fuerte que se le rompen los frágiles huesos y se queda rota.
Ahora, blanca y enana como una estrella, quema si la tocas. Y es que su corazón es demasiado para nosotros. ¡Debe sentirse tan sola y perdida en medio de tanto vacío! Los intentos de emprender un viaje con mi nave espacial por el universo que falta para llegar a sus secretos y rescatarla han estado abocados al fracaso. ¡Tantas veces me he distraído por el camino! Mira que tenía claras las coordenadas, pero es que algunas turbulencias me han deparado en un bucle de besos galácticos y me he apartado de mi destino tontamente.
Pero, por Zenobia, estoy dispuesto a prenderme en la tristeza que se derrama por la superficie de su cuerpo y a consumirme con su fuego, porque este astronauta con escafandra de pecera ya ha encontrado en ella su estrella.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Os deseo una feliz Navidad y que podáis disfrutar lo indecible estas fiestas,

que yo me quedo conforme con teneros a vosotros pululando por mi blog.
Últimamente sois lo único que alegra mis sonrisas.
Gracias.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Zenobia, la chica estelar

Eres tan pequeñita que parece que te vas a morir de frío en esa sala en la que haces de modelo con un fino velo cubriéndote, sin mucho éxito, tu marmóreo cuerpo. Eres una esbelta escultura de proporción áurea en medio de la habitación, con los labios pintados de rosa y los cabellos dorados descendiendo por tu espalda en arremolinados saltos que van de tus hombros a tus senos, una cascada de oro que se parte en las durísimas rocas de tus vértebras. Y tus ojos... ¡oh Zeus, qué maravilla la nacida de ti! tus ojos son dos pozos de noche que llevaban consigo el brillo de todas las tormentas de tu padre y los sueños que Morfeo te había concedido en tu infancia antes de venir a la tierra de los mortales.
Y si tu cuerpo es belleza, tu interior es música de arpa. La armonía baila en ti como paseando por el jardín del Edén, en innovadoras y melodiosas sonrisas con las que me consigues emocionar, pues no tienen nada que ver con los vulgares bailes de las que invocan a Baco en cualquier local.

Sin embargo, eres tan pequeñita que parece que se te va a ir el alma en cuanto suspires. Tus lagrimitas me conmueven, pero no dejas que me acerque y te consuele. Tú, tan refinadamente griega, tan elegante, tan libra, no aceptas apoyarte sobre mis sandalias para guiarte en la danza a ritmo clásico cuando te duelen los tobillos; y es que te encanta que compartan la pasión por tu música, pero prefieres vivir el arte en soledad y, al haber sido educada en la retórica, me dejas con las palabra desorganizadas y casi mudas a la hora de intentar rebatírtelo.

Estás hecha para admirarte. Eres un museo en el que contemplar los seis campos del talento. Quizá seas de carne, pero tu arquitectura aguarda -dentro de tus huesos- un universo de estrellas que se escapan por los poros de tu piel y la marcan como las betas grises a las impasibles figuras helénicas.

Siquiera soy capaz de imaginar tenerte entre mis brazos. Yo, humano de tantos, sin fuerza, sin clase, ¡qué osado debo ser si me atrevo a pedirle tu mano a tu padre!
Pero el cielo está proyectado en tus lunares más intenso que nunca. Y quizá pueda ser el valiente astrónomo que se atreva a estudiar tus constelaciones esta noche.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Sus alas estaban llenas de polvo, y a nadie le parecía mágico.


Pero no envidia de los ojos azul mar, de huesos de nácar o de las orejas que saben esconder los murmullos del océano en sus recovecos como una caracola. Marina no tenía envidia de los cuerpos que, hechos de arena, moldeaban el tiempo a su antojo con solo cambiar el sentido de sus curvas.

Marina tenía envidia por su disonante inconformismo, que crecía paralelamente a los celos como una enredadera de espinas en su verde veneno.
Y es que su voz de sirena, su rostro salino y las pequeñas cicatrices de sus manos no eran suficiente motivo para atar fuertemente con cabos los bordes de sus labios y afianzar una sonrisa que la hiciera desplegar las velas, aprovechando el viento que le venía de popa para alcanzar los siete nudos de adrenalina.
No, su corazón iba camino de petrificarse tanto que llegaría un momento en el que no lo soportaría dentro de las estalactitas y estalagmitas de sus costillas y se corrompería en arena.
Y es que Marina se mataba un poco más cada vez, conforme iba perdiendo esa capacidad que tienen los chiquillos de sonreír por cualquier cosa y asumía los veinte años que debería demostrar siempre.

Y es que todavía no había conocido al entomólogo que convertiría sus sueños de niña en mariposas de océano.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Anacrónico amor y desencajadas esperanzas que parecían suficiente para camuflar su dolor.

  Dave parecía el típico rockero de las películas de los cincuenta, ésos de aire de duro, de sonrisa blanca y tentadora, maliciosa y atractiva, de los que llevan un cigarro encendido entre los labios mientras apoya la espalda y el pie derecho (siempre el derecho), desinteresado, en la pared. Usaba también el pelo engominado en una especie de tupé similar a los de Hollywood pero algo desordenado, con ese toque perfecto de adolescente, haciendo juego con la perfilada barba que le nacía en las patillas y venía a morir en la barbilla. Lucía siempre de negro, entubado en pitillos desgastados, marcando sus piernas con firmeza y dándole un atractivo que se le escapaba de lo verosímil a las muchachas del barrio, con sus botas de cuero que tan a juego iban con la cazadora y la Harley adornada con platas y piel. Se escondía el revólver en la cintura de los pantalones y solía custodiarlo por su mano izquierda, excepto cuando fumaba. Cuando fumaba daba igual la maldita pistola y el resto del mundo. Solo tenía ojos para ella.
 Y Jane, como ajena a su amor secreto, desde el escenario de su gloriosa desvergüenza, pretendía seducirlo otra vez con un beso suicida lanzado desde sus labios rojos y sus pestañas se ponían de acuerdo para hacerle un guiño con su maquillaje estilo Marilyn Monroe. Su vestido vaporoso y ligero le prometía volar para él en los respiraderos de metro en Nueva York, pero también podrían dejar que se lo llevaran sus manos en cualquier servicio público, porque, en su juego de miradas, parecía que todo les sobraba.

jueves, 8 de diciembre de 2011

"Y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos"

Y sus dementes sonrisas de camino a la morgue.


Aquella noche, Jane se acurrucó en el hueco del centro de su pecho, donde nunca antes había encontrado refugio, y templó sus mejillas con la sangre caliente que se resbalaba por su cuerpo en la carrera de la muerte. El rojo y sus lágrimas avanzaban más rápido conforme más frías se tornaban su piel, sus labios y su sonrisa.
Pero su alma ya estaba muerta cuando apretó el gatillo, así que supo dejar de hiperventilar, recoger los pedazos de serenidad que por un momento habían huido frenéticos a las esquinas a causa de todo lo que gritaron y empezó a pensar cómo hacer que pareciera un suicidio.

Sentada en la vieja y cochambrosa butaca, con la masculinidad que presentaba cuando no bailaba en el local, consumó el largo silencio que prometió sin palabras al levantarse y hacer resonar sus talones en el suelo.
Dio unos pasos hasta su cadáver y se acuclilló junto a él. Lo miró largamente, le acarició la barba que se enmarañaba por su mandíbula y rió, con un tono enfermo y morado por sus ojeras que, después de todo, estaban tristes.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Su secreto.

Marina pasaba por el mundo sin abrir los ojos. Caminaba por inercia, como noctámbula de pesadillas. No quería ver nada de lo que concernía al resto de la Humanidad y se encerraba en las historias imaginadas de todos los libros de aventuras, sin querer convertirse en alguno de los personajes de fantasía y, así, evitarse el emocionarse que su corazón bailara conmovido -o que simplemente viviera- al son de las palabras.
Pero todos sabíamos que, simplemente, quería engañarse.

Sin embargo, a veces, cuando paseaba por el espolón y las piedras le olían a musgo salado por la marea baja, le tentaba inhalar bien fuerte. Sentir el frío comiéndose su porcelánica piel, sus fosas nasales y las yemas de sus dedos que, como un respiro de muerte, la dejaba desconcertada tras un escalofrío. La consumía el miedo. Pero le provocaba ponerse al ras de las rocas negras y contar las gotitas de espuma que acertaban en las partes descubiertas de su cuerpo como lunares de mar. Y así afloraba una pizca de la osadía que solía esconderse en los remolinos de su pelo. Entonces, se lanzaba a pestañear; aunque supiera lo que pasaría, aunque no le hiciera falta mirar.
Y lloraba.

Pero no lloraba por su propia pena, ni su dolor, ni su angustia. Ni por sus miedos ni agonías, ni por sus inquietudes ni aspiraciones. Marina lloraba de envidia.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Almohadas de piedra con algún que otro grabado de adiós.

Allí, donde se contaban historias interminables -bajo las mantas- en innumerables fines de semana, para que sus almas se escapasen a la azotea mientras dormían y les diera tanto frío que necesitaran abrazarse un poco más cerca y mezclar su aliento hasta que la nariz de la muchacha pudiera recuperar el tacto y no le fuera tan desagradable respirar.
Allí, donde durmió su pasado tras hacer un amago de vivir nuevamente con retazos de lágrimas y odio, palabras vacías y un perdón que no tenía validez ya. Allí murieron ellos también, con las partituras secándose en la azotea sin haberle dado tiempo a entonarlas y su infancia, en estado latente, se petrificó en las notas que nunca sonarían más que en sus recuerdos turbios de descontento, nostalgia y dolor.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Reminiscencias supervivientes.

La vieja polaroid de su abuelo descansaba sobre la repisa de roble junto a algún libro de Noah Gordon, una brújula perdida y un barco embotellado.

Había sido una tarde intensa en las calles de Oslo y se merecía una tregua. Era agotador para una máquina de su edad inmortalizar el inmenso verde de los jardines de la universidad con un tono desgastado tan particular que hacía incluso más apetecible de lo que ya era una tarde de frío y abrigos bonitos bajo los cielos grises de la capital.
Y, para Brielle, habían sido unas cortas horas, pero de lo más intensas. Casi, podríamos decir que no tenía tiempo para respirar entre enfoque y disparo y la siguiente toma para aventajarse a la caída del sol. Pero así pudo darse el gusto de aprovechar un pequeño y tranquilo paseo de camino al hotel, sin centrarse más que los pájaros -que chillaban peleando por volar cinco minutitos más antes de dormir en las copas de los árboles- y el ajetreo de la gente para llegar a cenar a tiempo.

Así que terminó de tender las nuevas adquisiciones en la cuerdecilla "14 de mayo" y bajó a la cafetería a tomarse el chocolate más caliente que podría soportar su lengua para llegar a la cama con el estómago bien reconfortado donde acurrucar sus sueños para que no temblaran de odio como las mariposas carnívoras de sus pesadillas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Pero no tiene miedo a la soledad que deja el olvido.

Cuando al pasado y al futuro se los sentencia a la pena de muerte y pasean de la mano por el pasillo de los condenados a morir juntos para no reencontrarse nunca más. Cuando el tribunal, presidido por Corazón, observa la cuestión, palpitante; cuando observa cómo asesesinan los deseos y la memoria, las expectativas, los recuerdos de Cerebro y se queda tan sola la pobre de Razón.

Y no se puede hacer más que recomenzar.
Sin cargas, ni derrotas,
ni victorias.

Renacimiento.

Nacían las mañanas soleadas y Abril.

Tenía el mundo (reflejado, caminado y bailado) en sus zapatos de charol.
Así que se los calzó, muy orgullosa de su brillo, y se fue a pasear el frío que menguaba al ritmo al que se abrían las flores en las calles adoquinadas de la ciudad con todas las experiencias adheridas en las suelas y twist atado fuertemente a sus cordones.

Que Olivia, como Neruda, quería hacer de la vida lo que lo que la primavera con los cerezos y, por un momento, el Sol pareció más apagado que sus sonrisas y su esperanza color Bécquer de las mejillas mientras chasqueaba -animada- el pulso de alguna canción de rock and roll.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Mentiras desabridas.

No follaban, bailaban.
Y las sábanas hacían de trajes ceñidos perfectamente a los recovecos de sus cuerpos. Disfrutando del tango más salvaje y desbocado, provocándose a un mismo compás de besos, recuperando el aire en los silencios, entonando una polifonía de "te quieros" y caricias, afinando gemidos armónicos en clave de placer; allí, donde soñaron con pasear en la gala de la hora bruja los brillos de plata de las estrellas y convertir sus ojos en dos pozos de noche de los que recoger, tirando de una sonrisapolvo de los comentas a los que pidieron deseos.
Pero, en realidad, no bailaban. Solo era sexo de adolescentes en arte.

martes, 22 de noviembre de 2011

El cementerio de los violines.

   Stradivari condenó mi madera a pasar, codiciado, de mano en mano bajos sucios fajos de billetes; que no se invierten por... ¿amor al arte?, sino de puro morbo por conseguir lo prohibido.
   Stradivari condenó mi madera a la soledad, a no sentir el paso de las estaciones en una cárcel de temperatura perfecta que me resulta claustrofóbica; que no hay dedos que acaricien mis cuerdas con fin de entonar una canción ni ojos que lloren de emoción al escuchar mi sonido en el corazón de un artista amante de la música y el pizzicato.
   Stradivari condenó mi madera y sus cerdas a la incomunicación, a un letargo de silencioso abandono exento de bailes eternos en aquellos clasicistas conciertos o sinfonías para dos en los que fluíamos enamorados; ahora estamos separados para siempre, incluso en las clandestinas transacciones en las que somos negociados permanecemos en cada lado del estuche, sin siquiera rozarnos en una melodiosa caricia, sentenciados a observarnos sin filarmonía en sigilo.

   Oh, Antonio...  estabas tan absorto en nosotros, tu creación, aquella engendrada de tus manos sublimes de luthier, que te olvidaste de lo que pasaba en el resto de Italia, la revolución de tus "iguales" ¿verdad?

sábado, 19 de noviembre de 2011

Ella es una chica de lluvia,

Pero sólo en invierno, cuando se condensa el calor que se le evapora de su corazón verano y las lágrimas se precipitan sobre las aceras calladas hasta conseguir un ambiente casi brumoso a su vista de navegante de los mares del norte a los que no quise acompañarla en su viaje, por miedo... a que naufragásemos los dos.
Y acabamos perdiéndonos igual.
Ella en la niebla de su soledad fría y yo en la oscuridad en la que se sumía la ciudad (y, sobre todo, mi habitación) sin ella.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Marina.

Cuando la conocí, un verano de no hace mucho, sus caracoles negros amenazaban con perderme en sus infinitas y laberínticas ondas.
Había pensado que podría hacerla feliz. Lo había pensado, pero no actué nunca.
Me arrepiento de haberme escondido en las horas y haber roto los relojes cuando aparecía con semblante frío e indiferente por la plaza, llenándome de miedo con sus tan muertos labios que antes desataban las hormonas de cualquiera al hacer cualquier guiño inocente.
Pero es que si hubierais conocido sus sonrisas, lo entenderíais. Las necesitaríais más respirar, de una manera irracional.

Y ella... oh, Dios. Ella seguiría perdida entre las mareas de sus irises verdes y el brillo de las lágrimas saladas, que a la más mínima brisa, le salpican las mejillas en la orilla de sus pecas arena. Ella nunca se ha dado cuenta y tampoco he procurado gritárselo desde los abismales acantilados que hay entre su corazón y el mío, pero no se ha percatado de mis turnos en el faro que pretendía iluminar sus pasos cuando la negrura consume la belleza de sus perlas, custodiadas por la tristeza que resuena como un eco en las cuevas vacías de su alma, como las gotas que se precipitan en las lagunas de su pasado y recrean sus callados lloros secretos.

Y yo, pirata maldecido, he encauzado a la deriva una botella de ron en la que se están escapando mis sentimientos a toda vela. Con capitán de las distancias y de los no-retornos, y espero que con manos de suerte, dirija el timón hacia una tormenta en acto suicida y destroce su cristalino navío, ahogando todas las cartas que nunca le envié y clavando las esquirlas en las profundidades del mar; en los campos de coral, en los tesoros perdidos y en los barcos hundidos. Allí donde no alcanzan sus suspiros (que son mi aire) y, yo, muero. 

A no ser que oiga en mis gritos un canto de sirena
y la seduzca a venir a rescatarme.

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Vie(r)nes conmigo?

En los lugares más recónditos, infestados de los silencios más eternos y las caricias más sinceras, donde descansan los recuerdos de aquellas tardes compartidas. Allí,
La noche me pesa en los párpados por las horas que he disfrutado en la penumbra de tus besos este frío noviembre. Han agotado mis fuerzas, pero no mis ganas (de ti).
Así que solo me queda decirte buenas noches,
aunque espero que mañana sigas aquí.
Te quiero lo indecible.

Mis rejas y ligueros a cambio de tu alma.

Un crimen recreado en los cincuenta que casi apesta a cloroformo, a cuartos oscuros y luces desnudas, a sogas y a sillas de madera, a miedo. A secretos y a mentiras. A promesas y a revólveres. A miradas cargadas de desesperación y de cólera, a sobornos y a dólares sucios.

O simplemente, se parece a una escapada al motel más mugriento que encontramos y el olor que se respiraba en la habitación, junto a tu ropa perfume de whisky y las palizas que me dabas, los arrepentimientos de después -que además se leían en tus pestañas-, el dinero que intentaba robar de lo poco que quedaba en tu cartera, mis negativas, tus amenazas y, finalmente, mi perdón de idiota.


Pero no tendría que haberte matado.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Escucha,

Voy a regalarte mis silencios hasta que la muerte calle mis miradas.
Pero espero que aún sigas oyéndome donde siempre me refugiaba, latiendo en tu pecho, oculta entre sístoles y diástoles entrenadas en la más armoniosa de las arritmias.

No dejes que me esconda mucho.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Leyendo un guión equivocado

o no tanto.
Aquellos que fueron sus planes
Lo que pensaba Connor antes de decidirse a hacerla cambiar de opinión

-No puedo vivir sin ti. Necesito de que vuelvas, de que me acaricies y me quieras como cuando nos conocimos; que otra vez notes algo especial en mí que te haga enamorarte perdidamente y olvidar todo lo que pudo haber pasado antes; que me mires a los ojos llena de miedo y me hagas sentir la necesidad de protegerte con mi vida hasta la muerte si no quisieras conjugar un último de esos tan nuestros para salvarnos.
>>No sé si entenderás esta agonía que se me retuerce como a un paso de la catástrofe y de la más dolorosa de las muertes, pero ahora soy yo el que se cuestiona "¿y si tú tampoco pudieras vivir sin mí?"
-Tendré que cumplir yo los subjuntivos por esta vez, ¿no?

Y lo besó.

martes, 1 de noviembre de 2011

Un cementerio de arte

En el que las lápidas son cuadros de un imitador dieciochesco de Goya que cuentan los versos de algún poeta romántico entre las más macabras melodías. Allí donde el amor más apasionado es frío y siniestro hasta el punto de conquistar corazones con su crudeza de fantasía, con la que podríamos rescatar cuerpos inertes de sus tumbas por puro erotismo indecente de un arrebato delirante en un frenesí de entusiasmo.

Bienvenidos al mundo de los dioses enfermos de las Letras más remotas, condenadas al olvido, a llevar sus almas al inframundo de la pasión.

La arquitectura de tus huesos.

En Barcelona, el gótico no es tan agudo como las espinas que en mi corazón claman tu ausencia.
Y Gaudí ha decepcionado a mi intención de explicar tus curvas imposibles.

Así que mejor será escaparnos a tu cuerpo.
Me gustaría sonreírte una vez más para hacer el momento algo menos irresistible al olvido y que pudiera quedarse guardado en los desvanes de tu corazón a la espera de que lo buscaras entre los álbumes de fotos en una fugaz revisión del pasado.


pero no tengo fuerzas
ni ánimo que gastar en la casa fantasma del centro de tu pecho.

jueves, 27 de octubre de 2011

-Te hablaría con acotaciones (que las miradas son silencios) porque si te escribo (y la besó) perdería la magia, ¿no crees?

miércoles, 26 de octubre de 2011

Su vida en los suburbios.

La mañana había dejado de oler a lluvia.
El ambiente apestaba a alcohol con anfetaminas y a sexo, a ropa tirada por los suelos, a gomina deshecha.
La habitación era un caos a cuadros y a acordes estridentes adornados con crestas igual de extravagantes. Y, aún así, se oían los gemidos de los muelles y los participantes al escaparse por la rendija de la puerta entreabierta como en cualquier otro bar de putas.
Tiempo después, los excesos cargaban el aire hasta el punto de hacerlo viscoso y pesado, tanto, que aplastaba sus cuerpos contra el colchón en un intento de arrimarse como mejor sabían la una a la otra, más desnudas y vacías que nunca entre los besos que crearon senderos en sus cuerpos y dejaron mil marcas de su paso por el cuello.
Madison jugaba con sus dedos entre las costillas de Rachel y ella, tan humana, escondía su aliento en las clavículas de su novia llena de miedo y felicidad adornada de pudor rosado en las mejillas.
Y es que hacía demasiado frío fuera como para no templar la habitación, pero los calefactores estaban en la buhardilla.

viernes, 21 de octubre de 2011

Mis palabras son un ejército de recuerdos que dejaste bajo el mando de un (dolor) general.

a jornada completa.
sin ti todo.

martes, 18 de octubre de 2011

¿Quieres volver a ser mi cumplidor de subjuntivos?

Es suficiente con que tu cuerpo se convierta en polvo. No hagas lo mismo con tu corazón. Regálalo, deja tu legado y haz que tu nombre se convierta en Historia. Que se convierta en la historia que siempre quisimos vivir en las aceras Manhattan, en todos los tejados de Venecia y en los rincones de tu habitación, donde la Luna nos perseguíría para buscar el miedo en nuestros rostros y, para llenarla de envidia, le enseñaríamos nuestras manos, cogidas tan fuertes que ni unos grilletes harían mejor esa función.

domingo, 16 de octubre de 2011

No se ha terminado de concienciar.

No se pudo permitir nunca que la quisiera así, y ahora, le está pasando factura.
Pobrecita niña. Tenía su dolor reseco en sal pegado en sus pecas y nunca supo verlo detrás de sus ojos empañados de pena. Hasta que escondió sus comisuras en los cachetes y asimiló todos aquellos largos discursos y las infinitas horas compartidas.
Pero ahora que lo necesita más que nunca para compartir sus alegrías, se ha ido para siempre, cansado de esperarla a ella y al amor que no le demostraba.
Y es que nunca supo ser egoísta a largo plazo.
Hoy la matan unas impresionantes ganas de llorar, pero se morderá los labios y se agarrará el corazón con orgullo: no piensa estar despistada inocentemente entre su tan mal pagada ingenuidad si aparecía sonriendo en los parques de sueños por los que le prometió pasear juntos.

Donde van a parar todas mis noches de soledad, exentas de ti.

Intenté quererte al ritmo de las más melancólicas canciones de jazz, paseándome por tu cuerpo como un gato en la noche envuelto en la neblina de cigarros de los callejones más húmedos, donde van a parar mis melodías mal compuestas entre besos de morfina y nostalgia.
Y siempre fui a destiempo, nunca supe seguir tu compás y te pisaba al bailar.
No creábamos la misma música, después de todo.

Pero tampoco tuviste interés en enseñarme. Solo te pareció divertido partir los tacones más altos de todo el local y hacerme estallar el suelo con dos lágrimas de dolor, las más pesadas que he podido derramar.

lunes, 10 de octubre de 2011

No sé negarte que me encanta mirarte sin que te des cuenta y luego también me busques. Que más tarde nos toque disimular a los dos y hacernos creer a nosotros mismos que fue casualidad.

Envidia cochina.

Y allí estaba, sentada en un acolchado taburete rojo con la vista tan enferma que no podía leer los nombres de los demás licores que estaban ordenados sobre la repisa como en una película americana antigua.
Se encendió un cigarro liado anteriormente con una carente destreza, procurando destrozarse por dentro o, por lo menos, quemar sus recuerdos y su dolor. La verdad, aquellas cenizas estaban más personificadas que nunca: parecía que su alma se consumía con el crepitar del papelillo o del propio tabaco y se evaporaba hacia quién sabía dónde. Y también parecía que, de un momento a otro, sus codos no darían para más y caería inconsciente sobre la barra. Pero una cruda voz en una conversación ajena la despertó mejor que ningún cubo de agua fría. Dos frases que no estaba muy segura de haber interpretado bien y que se le clavaron en el corazón como si miles de agujas le hubieran acribillado las costillas hasta quebrar esa coraza que protegía de destrozarse a un órgano tan sensible, tan delicado y a la vez tan potente y apasionado por su fiereza luchadora.
Hasta que se contagió despacio de miedo, de odio y de envidia tan drásticamente que se le coaguló la sangre en las venas y sintió que estaba acabada.

Pero nada, como siempre, solamente era amor que se solucionaba con ir a casa y dormir hasta que se le pasaran las lágrimas y se le olvidara aquella cara tan bonita que le gustaría tener para conseguir una noche más escondida en sus clavículas.

jueves, 6 de octubre de 2011

Ven aquí y arráncame el corazón, que le haces más falta que yo y se está muriendo en tu ausencia.
Si volverte a tener alguna vez pudiera, viviría la mejor noche que no pasé en mis eternidades de lágrimas y me arrancaría la vida.
¿Quién soportaría poder perderte dos veces?

miércoles, 5 de octubre de 2011

Anti-ética para Auxiliadora, por Marta Reymond.

Libertad es una palabra que encierra un significado bastante amplio que nos afecta en todo momento, aunque no seamos conscientes.
A mi ver, acapara dos dimensiones a destacar: una subjetiva y otra subjuntiva.
La primera de éstas es la que nos lleva a debatir entre lo que nos conviene y lo que no nos conviene, todo regido al valorar las consecuencias de lo que vamos a hacer o no, lo que vamos a DECIDIR, teniendo en cuenta cómo creemos que nos afectará física y psicológicamente y cómo repercutirá ese acto sobre nosotros.
Con ello quiero decir que ni un baño de ácido sulfúrico nos dejará la piel suave y tersa (a pesar de que estemos dispuestos a tomarlo), ni crear nuestra realidad sobre una mentira que tarde o temprano acabará haciéndose añicos y nos catapultará, automáticamente, a un doloroso mundo de peleas y catástrofes emocionales a pequeña o gran escala será agradable.
Tampoco entendáis que haciendo las cosas moralmente correctas construiremos un mundo ideal en el que no nos daremos de bruces contra algo alguna vez, pues si te decides a ir a salvar a un niño de un banco de tiburones a lo mejor acabas con un final igual de funesto que el chiquillo o ingresado esperando, con miles de “no tendría que haberlo hecho” rondándote la cabeza, a que te amputen una pierna y con tu familia al borde de la desesperación con el corazón en la garganta.
Esto nos conduce a la otra dimensión, la dimensión subjuntiva, con la que está profundamente conectado el último ejemplo: la eterna discusión entre el quiero o no quiero. Así, existen tantas combinaciones de pensamientos y tantas ideas a la hora de actuar como personas hay. “Quiero que se salve el niño, pero prefiero cuidar de mi familia”, “no me importa lo que suceda, tendré la conciencia tranquila”, “prefiero ignorarlo todo, no quiero estropear mi vida por una inconsciencia”, y un largo, largo etcétera de argumentos con pros y contras.
De forma indudable, somos libres de hacer lo que nos venga en gana, sí, dentro de la no libertad en la que crecemos. Estamos completamente restringidos (moralmente hablando) por lo que la sociedad nos inculca a través de los medios, el contexto social y la época en la que crecemos y vivimos, que a su vez ha sido determinada por la anterior y sucesivamente, sumando lo que sabemos que nos perjudicará al tener en cuenta nuestras vivencias.
Esto me hace pensar que la libertad, junto a la objetividad, son dos conceptos idealizados por el hombre y que, a fin de cuentas, no existen por una simple razón: desde que nacemos, se nos enseña a hacer o no básicamente todo, y considerando las “lecciones de la vida” instruidas por la experiencia que tuvimos que adquirir rápidamente al vernos en un apuro por una decisión nuestra, encuadramos la libertad con un marco de moral con grabados de aprendizaje, del que acabamos valorando, subjetivamente, los errores que ha supuesto su creación.

martes, 27 de septiembre de 2011

Aire conforme y con forma.

Me he pasado la vida buscando en todo el mundo la forma en que respiras para ver si me enamoraba con un suspiro entre dientes (de ésos de los tuyos hilvanados en sonrisas) y que sus resoplidos de frío sirvieran como excusa perfecta para abrazar y dar algo de calor que yo también necesito (en el corazón, ya sabes: soy así de pequeñita por dentro). He intentado encontrar un silbido entonado como yo nunca supe desafinar tan bien como para volverlo encantador, pero mi alma se queda desgarbada y sin gracia al oírlos, no hay emoción.
He registrado en todos los rincones más inapropiados para ver si cantaban esas miradas que, al tropezarse con sus pestañas de por medio, cambiarían todo desde el primer 'hola' derramado entre carraspeos vergonzosos.




Y nada de nada. Ha sido un completo fracaso.
Pero descuida, no sigo buscandote...

sábado, 24 de septiembre de 2011

Versos sin ánimo de ganar, pero necesitados de clemencia.

Voy a ser poeta de tus miedos para hiperbolizar tu coraje, personificándolo como el hijo del amor que entre tantas metáforas se ha querido esconder de mí por temor a que todo, automáticamente, se mudara al pasado y con ello hiciera morir de antítesis (ácidamente) los dulces recuerdos. Temor a que las metonimias de mi corazón por las que daría todo pasaran a sonoras sinestesias de demacrada pasión y ya no fuera tan claro el epíteto de ardiente al lado de tu nombre.

Valiente tu cobardía... ¿o solo orgullosa?

Cuándo entenderás que voy a rebuscar los paralelismos de todas las historias que vivimos para dejarlos tan desordenados por el suelo como si de un hipérbaton se tratase, para compararlos entre ellos sin encontrar un peor. Cuándo entenderás que anáfora empieza por tu letra y te repites cada mañana en mis imaginaciones casi como una aliteración escondida entre palabras, no por aprensión, sino por simple vicio a ejercer su cometido... como acabamos nosotros.
Cuándo lo entenderás. Oh, Dios, espero que sea pronto
porque te echo de menos.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El cumplidor de subjuntivos.

-¿Y si me quisieras...?
Ése era el don de Connor. Bueno, el don y la maldición.
Malditos humanos. Siempre tenían que buscar preocupaciones por cosas que nunca antes hubieran sucedido y transformar todo en caos. Tenían esa capacidad para pensar en negativo e invertir todo lo que podría haber convertido en una ideal realidad. Tenían que dudar tan intensamente de su capacidad y del futuro que no quisieron cambiar.
Él cumplía los subjuntivos. Los volvía realidad, inexplicablemente. Y eso podría haber sido genial si ella hubiera seguido planeando de aquella manera tan alucinante una vida juntos, que empezó con la pregunta que mil vueltas le daba por la cabeza esa tarde sin la que había sido su pequeña.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Todo en aquella tarde era temor.


Deslizaba mis yemas por aquella espalda huesuda con cariño, casi con miedo a romperla con una caricia más sensible de lo debido.
Vértebra tras vértebra, los dedos se me escondían entre los profundos huecos que se hacían en su columna, en esas sombras que conseguían hacerse en la piel por culpa de tenerla pegada a los huesos, cada vez más blanca y enfermiza.
Daba la impresión de que, de un momento a otro, podría imprimir mis huellas dactilares en aquel cuerpo desgraciado.
Sus diminutas rodillas temían partirse si conseguía ponerse de pie y, frágilmente, desaparecería hecha cenizas con la tormenta que se desataba tras las vibrantes ventanas, mezclándose en el barro para tragarse los pies que se atrevieran a andar sobre ella y sumergirlos en una tumba improvisada.
Dentro, la atmósfera estaba más que cargada. Parecía una foto en blanco y negro por la media luz de la habitación y el ambiente tan sumamente tenso, plagado de silencio y humo de cigarros. 
Y así, tan ligera, encogida, abrazándose las piernas, se me hacía más atractiva y tentadora que nunca.
Comencé a besarle el esquelético hombro, colándome por esa pieza de su cuerpo que no había conseguido tapar el desvarado camisón que llevaba. Ambas estábamos sobre el parqué, sumidos en miedo mientras yo apoyaba mi espalda contra la pared y la cobijaba entre mis muslos, como protegiéndola de un secreto que hasta yo desconocía.
Giró la cabeza con un movimiento que incluso me asustó y, recelosa, analicé sus ojeras moradas más tétricas que nunca. Me levanté, como leyéndole la mente, y le tendí las manos para que se irguiera a mi lado más desgarbada de lo normal.
Dio dos pasos de los que casi tuve que rescatarla y pegó con torpeza su nariz y las dos manos al cristal.
-Yo no tendría que haber vuelto y tú, mucho menos, haberme seguido. Ya nos lo avisaron –me dijo con severidad, con una voz que rozaba una tragedia fatal, como primera intervención de ese día que había superado el crepúsculo, sin dejar de observar el frío de afuera que volvía bruma su aliento en la ventana.
Como con un whisky a palo seco, me ardió el esófago.  Como si el demonio se paseara por mis entrañas y yo allí, sin respirar, ahogándome con sus frías palabras. Y es que era cierto, pero yo nunca había estado tan equivocada.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mi corazón es soluble en tus palabras e, irremediablemente, se vuelve pequeñito para que te lo puedas llevar en un bolsillo de excursión a donde quieras.
Aunque también me puedes llevar a mí, si quieres.

La reina de los stripties.

Rozaba tan solo los dieciséis pero su cuerpo era absolutamente de mujer. Un poco de maquillaje (para eliminar los pocos lunares que tenía) acompañado con delineador, los labios de rojo y ¡voilà! las medias de Jane lucían perfectamente para ser deseadas por todos los hombres del bar. El escote que regalaba la mitad de las copas de su sujetador negro de encaje desviaba cualquier mirada que antes podría haberse detenido en el profundo del castaño de sus ojos y en el dolor del que estaban cargados.
Se paseaba por las mesas del antro y movía las caderas pícaramente mientras entonaba sensualmente demasiado cerca de un hombre cincuentón que tenía los pantalones que le iban a reventar de un momento a otro.
Volvió a subir, a pocas palabras de acabar la canción, y en lo que continuó sonando la pequeña orquesta, bailó un vals con la barra, deshaciéndose prenda a prenda de lo que llevaba encima hasta quedarse con lo más íntimo. Dio unos cuantos pasos con aquellas diminutas bragas, guiñó un ojo y lanzó un beso al humo que cargaba al ambiente, convirtiéndola en la más deseada del local, y desapareció entre las cortinas.
Percibió después que ese pequeño gesto acabó siendo para alguien descubierto en aquel instante en medio de la penumbra, en una mesa bastante escondida. Él le brindó brillante, cortesía de la bombilla desnuda, la más traviesa de las sonrisas que pudiera haber visto en ese establecimiento antes. Y, por un momento, por esos ojos infantiles, aquel trabajo no le pareció tan sucio.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Hechas de terciopelo eran sus cuerdas vocales para Victoria.


"Que no nos haga fuertes el amor, que nos haga humanos que es algo mejor, que nos haga humanos que es algo mejor"
Victoria le tenía mucho miedo a esos versos que leía velozmente a pesar de la mala letra con la que estaban escritos. Julia estaba componiendo una nueva canción para el grupo inspirada en todo lo que le había pasado últimamente a su mejor amiga.
Así que esa tarde, la musa odiaba palabra tras palabra de la letra porque se negaba a pensar que el mensaje que transmitía era la aplastante realidad que estaba viviendo, que no era una simple y desagradable pesadilla.
Pero bueno, le gustaba, después de todo, ese miedo que sentía. Era otra forma de reafirmar que lo quería y que no desistiría hasta que todo volviera a su sitio, a su correcta posición en su vida.
En consecuencia y a pesar de la paradoja, le dio su aprobación. La verdad, le estaba quedando alucinante. Conseguía removerle las entrañas y, a la vez, una dulzura inestimable se derramaba en cada estrofa al imaginar que salía de los labios de Julia.
-Cántamela -le pidió muy seriamente.
-Jo, Vicks, me da vergüenza...
-No me seas idiota, ¿sí? ¿Usas tu voz para embelesar a todo el mundo y no me das una confidencia a mí, que te incité a empezar con todo esto? ¡Qué bien!
Ey, ey! Para el carro, no te enfades. Era para ver si tenías de verdad ganas o por cumplir -dijo inventándose una mentira rápida para suavizar la situación-. Ya empiezo...
La muchacha comenzó a puntear con la guitarra y, como con una entrada triunfal, su voz de ángel inundó el cubículo que tenía por habitación.

-Volver al día en que nos conocimos;

sentir de nuevo ese escalofrío.
Volver a ser como niños,
planear un futuro contigo...


Se le erizaba la piel de la impresión. Nunca se acordaba de esa sensación: era increíble escucharla tan cerca y para ella sola.
Su voz era miel y Victoria se convertía en un osito goloso, ansioso de más. Así que cerró los ojos y se dejó llevar unos momentos, concentrándose en cada sílaba que se desparramaba en el poco oxígeno que cabía en su habitación.
Y le retorcía algo en el pecho de lo que aún no se fiaba mucho. Tenía la impresión de que ese día no sería nada bueno, pero mejor ignorarlo y aprovechar la tarde con ella.
Pulsó los últimos acordes, unas notas similares a las del principio y, así, cerró la canción.
Su amiga aún seguía flotando entre el silencio que habían dejado las notas y casi regala una lágrima por el desasosiego que creaba ese ambiente.
-Suena deliciosa, Julia. Ha sido alucinante -manifestó su amiga con gravedad, desviando sus ojos a los de ella, que se sonrojó y posó sus irises en las cuerdas de la española que reposaba su regazo.
Y en eso, pudo adivinar un gracias. Se acercó a su lado de la alfombra y le dio un beso en el cachete. Volvió a su posición y apoyó la espalda en la cama.
-Gracias por dedicármela. Ha sido mágico.
-Y que lo digas -comentó una voz nueva de alguien que se apoyaba en el marco de la puerta.
Ambas giraron la cabeza hacia la figura y distinguieron al novio de la artista de ese día, David.
-¿Pero qué...? ¿Qué haces aquí?
-Tu madre me dejó pasar y yo ya me sabía el camino a tu habitación después del otro día -comentó quitándole hielo al asunto con el tono un poco más bajo.
Inevitablemente, Julia se ruborizó y, con un enfado un tanto fingido, continuó:
-Creí que teníamos ensayo los cuatro para las siete y media. Me ibas a ver de todas formas.
-Pero yo quería tenerte un ratito para mí.
Agh! Me lo destartalas todo siempre. No puedes hacer siempre lo que te venga en gana. Estoy con Vicky, ¿no ves? Hala, vete.
-¿Y no me vas ni a saludar como Dios manda?
-Tranquila, Julia. Yo ya me voy y os dejo solos. Ha sido suficiente -dijo Victoria incorporándose y sacudiéndose un poco-. Disfrutad lo que queda de día y que vaya bien la presentación de tu nueva creación -añadió guiñándole un ojo-. Adiós, David -sentenció con algo de frialdad al pasar por su lado.
-Gracias -le susurró en respuesta este último.
David era un chico al que le gustaba salirse con la suya. Y, consecuentemente, persistente hasta el punto de llegar a desesperar. Así que, con gusto, tomó el sitio que la actriz había dejado libre y ella se despidió con un exceso de delicadeza en su voz de la madre de su confidente:
-Hasta luego, me voy ya. Le doy las gracias por todo.
-¡Adiós, cariño! Siempre es un placer que vengas a casa.
Y, con algo de pena, cruzó el umbral.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Descansa, pequeña.

Estaban en casa de Carlos. Como tantas otras veces, solos. Sus padres tenían esa extraña relación de distancia, por eso él no entendía por qué Vicky podía sentirse tan mal cuando había semejantes broncas en su casa o cuando les pasaba algo a los suyos.
Pero ahora estaban en casa de Carlos, y eso significaba olvidarse del mundo exterior, de la realidad que quedaba detrás de la puerta para vivir ellos, nadie ni nada más. Estaban en la habitación del muchacho, tumbados en la cama -cerquita, cerquita-. Él la abrazaba con cariño por la espalda, a medio dormir, silenciosos, marcando los compases de espera con sus respiraciones. Victoria se giró hacia él y, después de mirarse intensamente unos momentos, le acarició los labios con los suyos. Como para medio despertarse, para quedarse a desvela en esa línea que no se distingue lo que es realidad o sueños, en estado de droga y, a la vez, para asegurarse de que de verdad estaba allí.
-Te quiero -le dijo con un hilillo de voz que temblaba por miedo a ser  consumido en alguna de las perezosas inspiraciones de su novio.
Así, sin esperar respuesta, se acurrucó en su aliento, más pequeña que nunca, y cerró los ojos para soñar callada con uno, dos y tres y mil momentos que ninguno de los dos imaginaría vivir.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La caza de la mariposa.

A 8 de septiembre, una mañana soleada en
algún lugar del mundo en el que también existes tú.
Hoy ha comenzado. Todos se han calzado las botas, los pantalones de montar y la mejor de sus chaquetas. Llevan muchos niños que se encarguen de buscar por todos los rincones muy a fondo. ¿Todavía no se ha enterado? Estamos en plena migración monarca, ¡hay que atraparlas a todas para que no pueda nacer ni una más! No queremos que esta odiosa plaga siga proliferando, ¿verdad? Debemos ponernos muy en serio a capturar a estos desagradables seres. Le voy a contar (muy avergonzado de ello), que una vez, en mi sector, se me escapó una. Era enorme, no se puede imaginar el tamaño de aquella colosal criatura de apasionante naranja y negro. Estaba tranquila, serena, apoyada suavemente sobre una flor que me pareció increíblemente fuerte en aquellos momentos en los que la mariposa se alimentaba de su néctar, robándole lo poco que era suyo. Sus indefensos pétalos nada tuvieron que hacer contra ella, y la verdad, las espinas de las que estaba tan orgullosa nunca la habían protegido de nada. Pero soportó la derrota como una valiente, viendo cómo ante ella desaparecía todo lo que había preservado con coraje. Fue un momento íntimo y glorioso, ¿sabe usted? Solo lo conocíamos ellas y yo, tan oculto y despistado entre aquellos matorrales que me ofrecían una vista perfecta sin interrumpir la bella escena. No había nadie más porque no me gustaba llevar niños conmigo, así era más excitante. Dejarme llevar por el instinto que queda en nosotros ¿no cree? Bueno, entretanto de todo esto, caí en la cuenta del repugnante bicho, que empezaba a desplegar sus alas y a volar, haciéndose más y más pequeño cuanto más alto se alzaba hasta el punto de hacerme perder cualquier idea de acertarle con mi escopeta. Y así, de esa batalla gané una derrota. Se me escapó ante mis ojos. A veces, señor, me pregunto si realmente retrocedí en años, creyéndome joven, y la dejé escapar a propósito. Algo que no tendrán que sufrir estas generaciones, gracias a este prestigioso evento que hemos propuesto para este siglo. ¡La caza de la mariposa será todo un éxito! Sí. Así, nuestros pequeños, no tendrán que sufrir la desilusión de tener sueños que se escapan, de que esos dejen su legado con otros cien dentro de ti y que poco a poco te transformen en otro ingenuo más que tendrá que caerse de lleno en la realidad de los adultos. Supongo que a usted le parecerá apasionante la idea. También es de esos, ¿me equivoco? No, no me equivoco. Veo en sus ojos una infinita tristeza que usted quiere confundir con indiferencia y madurez. Le gustaría carecer de anhelos. Sí, y por eso quiere privárselos a los jóvenes para convertirlo en uno igual. En uno de millones. Quiere un ejército de cuerpos sin alma.
Pero usted no sabe una cosa, un secreto del que solo nos hemos dado cuenta nosotros, la resistencia a la Humanidad. Atienda, por favor; será el afortunado de conocerlo:
¿Sabe por qué dejé volar libre a aquel enorme sueño alimentado de una realidad bella y espinosa? Porque, señor, con la muerte de las mariposas... morirán los niños y también morirá usted.

Apagada o fuera de cobertura, para el resto de mis días.

Me he compinchado con el reproductor para poner todas tus canciones favoritas y que suenen tan fuerte que no pueda oír cómo lloro desincrustando de mí todos los malditos recuerdos que hablan de ti.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El encanto de Victoria.

Nadie sabía lucir un flequillo recto como Victoria. Lo acompañaba de gorritos de lana, de trabitas de colores a un lado, de ricitos o de mechones lisos, de lazos, pero, sobre todo, de unos ojos que no tenían miedo a confesar lo que estaba detrás de ellos, ojos de comprensión en cada parpadeo y ganas de vivir la escena y la vida. 

Por eso, su mirada tenía un brillo especial. Y Carlos lo sabía. Siempre lo había sabido. Siempre la había encontrado mágica y únicamente había podido dedicarle una mirada cargándola de emoción en sus labios, tanta, que le pesaran hasta costarle el regalar una sonrisa y fueran siemrpe sus ojos los que se llenaran de nostalgia acuosa. 

Así que, por impotencia camuflada de orgullo, siempre prefirió recrearse en indiferencia y hacer ver su mudez como un simple silencio.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Carta a un desconocido.

Querido muchacho,
Ha sido un placer desconocerte por completo y haber desimaginado todos los planes que pudieron habérsenos ocurrido.
Me ha encantado olvidar todos los momentos vividos y abandonar a su suerte todas esas experiencias entre las losetas de todos los caminos que pudimos haber pisado pero que ahora no consigo recordar.
La verdad, son increíbles los paréntesis que se forman al intentar rememorar fechas, totalmente vacíos de emociones o paseos. ¡Me encanta que hayan sido contigo!
Mi amnesia de ti cada día crece más y me gusta.
Nunca te echará de menos, porque no puede,
alguien que tampoco se acuerda de sí misma, porque
se queda en nada sin ti.

Bon voyage!

He gastado mis pulmones soplando para impulsar bien fuerte mis deseos y conseguir que se aferraran a alguna estrella fugaz.

sábado, 27 de agosto de 2011

Salvación.

La camisa blanca de mangas cortas y abombadas quedaba perfecta con las simpáticas pecas de sus mejillas y sus rizos castaños hacían un conjunto ideal con la falda vaquera de pequeños topos.
Sinceramente, estaba sensacional para aquella ocasión que sería un tanto extravagante.
A Olivia se le antojaban las seis y treinta y dos la hora que no parecía llegar a la verja blanca de piquitos frente a la que se abría paso la suave primavera fuera del revoltoso jardín que estaba puertas a dentro. Pero toda espera está acompañada de recompensa, y esta vez el premio consistía en una sonrisa desde el metro setenta y ocho de Carlos, que se avecinaba por la esquina. La verdad, es que ella nunca imaginó como podía lucir tan bien un suéter gris hasta que se lo vio puesto, encajado en su cuerpo de espalda perfecta. Y como decir ahora que no pudo encontrar mejor complemento que esos pantalones ajustado lo necesario para descubrir una figura irremediablemente sexy acabada en unas despreocupadas deportivas. La verdad, el chico se engrandecía cuando desde el suelo podías apreciar como se mecía en cada paso su liso pelo de corte moderno y la forma en la que brillaba un aro ámbar en su iris, tornándose de un impresionante tono cobrizo.
Pero ya no había tiempo de deleitarse con cada uno de sus pasos, así que con un sobresalto se despertó de sus sueños de insomne con un beso en la mejilla y una espiración que demasiado cerca se coló de su oreja con un dulce "hola". Sus mejillas tomaron un color un tanto rosáceo para dar a continuación otro de esos como respuesta.
-¿Cómo estas hoy? -respondió con una naturalidad que la pilló desprevenida.
-Bueno, pues... bien, si, bien -dijo sin saber muy bien donde colocar su mirada- ¿y tú?
-Mejor de lo que he estado en bastante tiempo... y con ganas de un paseo por el parque, sinceramente -contestó en un tono más animado y sonriente-. ¿Te apuntas? -propuso cediéndole un brazo del que agarrarse.
-Oh... ¡Por su puesto! -prosiguió recogiéndose como la más adolescente en su agradable codo y, sin quererlo, le dio la mano a la única oportunidad que tenía de salvarse de aquel estado en el que se había encontrado ese largo tiempo, detrás de los postigos de la ventana.

viernes, 26 de agosto de 2011

Sencillamente, sobran.

Querer, requerer y amar. Mírate todo el jodido diccionario de arriba abajo, consume toda la información que encuentres y almacénala donde te quepa. Pero te aviso desde ahora: no habrá ni una sola palabra que defina todo lo que siento por ti.

Que si hace falta, voy a volver todas mis mentiras realidad para que no te duela ni un poquito averiguar cómo son de verdad las cosas.

-¿Pero qué dices?
Carlos estaba pálido. Era como un enfermo terminal al que le temblaba todo el cuerpo de frío. Pero su frío era bastante diferente. Su frío salía directamente de las palabras de Victoria como flechas de hielo que se clavaban en su piel y lo envolvía en una burbuja helada de la que nadie lo podía rescatar.
-Exactamente, lo que acabas de oír. Palabra tras palabra, perfectamente encajadas en lo que acaba de pasar a recuerdo en tu tan imaginativa mente -le respondió con aires de burla y crudeza, una especie de sarcasmo que cortaba como una daga cualquier idea.

La conversación había comenzado unos minutos antes, con una disculpa de esconder el orgulloso rabo entre las piernas y agachar la cabeza con el más grande de los pesares colgado de la garganta:
-Vic... Yo, sinceramente... Lo siento. Tenía preparado disculparme por cada una de las cosas que hice o dije que pudieron hacerte daño, pero, de verdad, ahora te pido perdón por absolutamente todo lo que vivimos. Te pido perdón por haberte querido y haber conseguido que me quisieras, por haberte cogido de la mano, haberte robado todo ese tiempo y haberme equivocado tantas veces para más tarde intentar explicarte que las cosas no habían sido así. Te pido perdón por haberte "tolerado" cientos de detalles que yo veía desmesurados cuando, más tarde, caí en la cuenta de que eran estupideces adolescentes como otras cualquieras. Te pido perdón por haber sido el más crío de los dos y haber sostenido mi orgullo como nunca hice contigo. No sabes lo que echo de menos apretarte contra mi pecho y llorar por dentro la falta que me hacías cuando no estabas.
-¿Sabes, Carlos? Hay veces que todo da igual.
-¿Incluso yo?
-Sobre todo tú.

Y en ese justo instante fue cuando el muchacho se había tornado en un blanco tan frágil como su alma. Y después de la corroboración de las palabras de la chica, la apatía de Victoria en esa charla continuaba así:
-Sí. No me estoy quedando contigo. Hoy, no me importa lo que digas. Podrías haber venido ayer y haberme robado lo único de corazón que quedaba para mí. Pero hoy está orgulloso. Hoy no quiere saber nada de recuerdos. Hoy es indiferente. Hoy no es ni Dann, ni es tu increíble olor ni vuestra absoluta forma de quitarme el dolor con una sola mirada. ¿Sabes, Carlos? Hoy no me apetece hablar contigo, hacerte el amor ni inundar la habitación con todas las canciones que me dedicaste con tu guitarra. Hoy quiero dormir y no saber nada del resto de mi vida hasta que un día despierte catapultada perfectamente en el pasado, justo en el momento en el que debió de empezar todo para retener todos mis impulsos y olvidarme de cualquier idea de intentar compartir algo contigo, porque, si te digo con total certeza, siempre ha sido imposible.
>>Así que ahora procuraré estar lo más lejos de ti para convencerme de que ha quedado nada y estamos en el punto justo de antes del comienzo de esta partida que todavía no he acabado. Exactamente como hoy, con esta abrumadora indiferencia. Y aunque eso ya no te importa, porque has probado buscar mi compasión lamentando justamente lo que quiero olvidar para olvidarlo tú también, estoy segura de que mi vida se convertirá en una desastrosa actuación hasta que llegue la hora de la protagonista.
>>Bueno, tú bien sabes que las mentiras nunca han sabido darme algo de calor al arroparme así que será un final bonito, un final feliz al haber puesto punto y final a todos mis dolores.
>>Pero lo peor, es que, hoy ha sido mi primer intento y tú, con esa sonrisa me deshaces los esquemas y me dejas por el suelo. Así que, gracias.

Y, sin esperar a recibir ni la mínima de las respuestas, lo besó como tanto había añorado ese tiempo y, paradójicamente, su morriña de él disparó todos los límites.

jueves, 25 de agosto de 2011

Zoé nunca estuvo orgullosa, pero él no se daba cuenta de que lo hubiera acompañado.


Los cigarros habían muerto en sus labios y sus restos estaban más que calcinados, incinerados perfectamente en un recipiente cualquiera de la más sencilla de las cerámicas. 

Nadie conseguía apreciar su pérdida. Pero a él le arrancaba un trocito de vida poco a poco y siempre les prometía un silencio antes, durante y después de cada uno. Y soledad. Siempre tenían mucha vergüenza de que los pillaran tan desnudos en su boca. 
Las grises cenizas las trasladaba a un jarro de cristal y las guardaba con esmero para que la habitación estuviera envuelta en un aroma a chocolate o a simple tabaco y rememorar el pedazo de alma que se le esfumó con cada uno de ellos. Todos los porqués y la importancia del sacrificio de aquella pequeña porción de nicotina estaban encerrados y eternamente condenados a una fosa común en la repisa de su habitación.

Pero, al fin y al cabo, lo que de verdad se celebraba allí dentro, con la luz medio filtrándose por la ventana, no era especialmente la pérdida de todos ellos.
Era su propio funeral.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Nuestros problemas son más grandes y más duros con los años.

Pero nosotros también.
La cuestión de por qué nos hundimos en ellos como niños que no saben nadar en la piscina de los mayores es, simple y llanamente, que queremos desentendernos de nuestras tonterías de críos absurdos, de los sueños que nos mantenían a flote como un par de manguitos en aquel medio que, después de todo, es ajeno a nosotros aunque nos creamos lo suficientemente veteranos para saber surcarlo.
Y al final, nos cansamos de patalear en el agua y, como cabía de esperar, nos ahogamos a no ser que alguien venga a socorrernos.
¿Mi consejo esta vez?
Llénate de viento de los acantilados de Narnia, vigila y estate atento para que no te embauquen las sirenas, crea tus propias palabras mágicas, convierte las adversidades en una aventura y encuéntrale a todo la parte bonita, que las hadas harán el resto para sacarte volando con su brillo absolutamente dorado.

domingo, 21 de agosto de 2011

Perdóname, Ginebra.

-Boom...
Restos de pólvora en el cañón de su revólver cuarenta y cinco, de resentimiento en los huesos fuera de su sitio y de remordimiento en su sonrisa torcida macabramente triste.
El humo permanecía saliendo de su pistola y del pitillo que empezaba a extinguirse en sus labios.
La verdad, nunca había entendido por qué los indios y los vaqueros no podían hacer un pacto como los únicos seres vivos capaces de ello (o así afirmaba Luke) y dejar tranquilamente los tipis de su campamento con sus familias para que ellos dejaran nuestros ferrocarriles, caravanas y búsquedas de oro. Y, después de todo, lo entendía. Tenía razón, inevitablemente y para la desgracia de todos -aunque no lo pudieran saber aún-, tenía razón. Aquella guerra absurda transmitida de generación en generación no nos estaba llevando a nada bueno, pero las cosas a lo largo de la Historia nunca habían salido bien y nosotros no podíamos empezar a cambiarlo.
-Boom, boom, boom -rápidos, uno tras otro desde su caballo canela (que de lejos se camuflaba con las vastas extensiones de terreno) con las crines oscuras. Las plumas de todos los participantes parecían mocharse como las aves que tan voraces se atrevieron a cruzar el cielo y sus vidas desembocaron en ese destino tan incierto. La desventaja se apreciaba en sus caras de terror, en los trajes de piel de las mujeres indias que no tenían otra intención diferente de proteger a sus pequeños y a las ancianas de trenzas espesas y largamente grises; pero, ciertamente, la expresión no era muy diferente a la de mi amigo-. ¿Mike, se puede saber a qué esperas? ¡Empieza a disparar! -dijo con un tono de odio completamente innatural en él que, evidentemente, me pilló por sorpresa.
Así que sacudí unos segundos mi cabeza lo más rápido que pude para intentar dejar la mente en blanco de desasosiegos por las muertes y de la pesadez de mis absurdas emociones dedicadas a las personas que el destino quiso colocar de camino al Río Colorado y, con un grito de victoria, clavé mis espuelas en Ginebra -como bien me arrepentí después- y cabalgué entre la desesperación de aquella gente queriendo acabar rápidamente con la masacre que siempre consideré innecesaria y de la que -espero que por suerte- pude salvar una mitad gracias a que todos los demás compañeros eran hombres solteros con deseos de cuerpos desnudos sin complicaciones (pero ésa es otra historia).

Memorias de los enfrentamientos en Texas, página diez.
Mike.

sábado, 20 de agosto de 2011

Cherry no tenía nada de dulce.

Los cigarros habían perecido en el cenicero envueltos en su mejor aroma y ella dudaba de si comprarse otra cajetilla o tres, con las que consumirse otras cinco horas pitillo tras pitillo sin tiempo a casi degustarlo. Pero era bien simple: se sentía hecha una mierda y no había otra cosa que la consiguiera consolar un rato. ¿Cardiopatías? Palabrería. Iba a morirse igual de algo así con tanto antecedente familiar. "Gracias, mamá, papá y todos vosotros, jodidos de sus hermanos muertos, por dejarme sola en esta podrida vida" se repetía cada vez que veía el marco boca abajo cogiendo polvo en el cajón de todos los gangrenados recuerdos que nunca deberían de haber existido. ¿Cáncer? Al carajo el cáncer, la inservible quimioterapia y todos los jodidos médicos que le recitaban a modo del sermón de las cinco las diversas conjeturas sobre su futuro si seguía así. Si no seguía así, estaría inflada a píldoras antidepresivas, con una perturbada mirada de enferma de psiquiatra de ojeras moradas y, como cualquiera podría imaginársela teniendo en cuenta que era Cherry, acabaría perdida, luchando entre lágrimas mientras se clavaba las uñas en el pecho hasta sangrar. 

Así, que ese tipo de días, le gustaba ahogarse entre la porquería de la nicotina, arsénico y cianuro largamente, tumbada con la cabeza colgando del sillón para más tarde abrir la nevera y acompañarlo con un poco de ron a pico con el fin de caer rendida en la cama y dormir hasta que se le pasara la mala leche y el porro que la colocó entre alguna birria de nube arco-iris mal formada.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Dann.

A Victoria le erizaba la piel que le susurrara bajitobajito en la oreja y que pareciera un huracán entre sus rizos, que la cogiera de la mano por sorpresa con cariño, que le robara un beso en cualquier portal y se quedara con un trozo de su espalda bajo la camiseta, que le sonriera haciéndole un guiño sin miedo al mundo. Que le dijera que la quería mirándola a los ojos con más fiereza que nunca.
Pero, sobre todo, le erizaba la piel que, al hacerlo, no dudara ni un segundo.

Nunca fuimos lobos.


Nunca supimos lo que era ser lobos, solo seguimos nuestro instinto. 

Teníamos el mando de la situación, estábamos en lo más alto comparándonos con lo que quedaba del mundo y nos respetábamos aprendiendo cada uno de nuestros puntos débiles para procurar no tocarlos. Teníamos el suficiente atrevimiento para separarnos pero nos unía algún lazo, un lazo que conseguía que nos echáramos tanto, tanto de menos que pudiéramos imaginar inconscientemente lo que hacíamos respectivamente para imitarlo y sentirnos un poco más cerca del otro. Teníamos la libertad de pasearnos solos pero la Luna siempre invocó nuestros sentidos y nos traía a encontrarnos donde quisiera que estuviéramos buscando nuestro olor, olor que yo dejaba en tu cuerpo marcándote como mío y que del mismo modo hacías tú conmigo. 
Sin embargo, nunca supimos lo que era ser lobos. 
Nunca nos mantuvimos unidos, no creamos una manada a la que proteger ni nos dio tiempo a resolver problemas, pues no supimos ni arreglar los nuestros. No. No teníamos ni idea de lo que era compartir lo que nos alimentaba de una manera u otra, de lo que era el compañerismo y, mucho menos, se habían despertado nuestros instintos de monógamos dispuestos a desgarrar con uñas y dientes a cualquiera que se dispusiera a hacerle daño al otro.
De ese modo, hubiéramos acabado arrancándonos reflexivamente la piel por habernos herido solo con un par de palabras que parecieron rugidos. Y nuestros cuerpos están más esbeltos que nunca, al nivel de nuestro orgullo, ¿no crees?
Nuestro satélite de plata consolará los aullidos de lamento de cada uno de nuestra especie pero hoy no los escucharás tan fuertes.
Colmillo Blanco se ha comido mi corazón y, aunque no te lo creas, ahora sí que empiezo a vivir.

martes, 16 de agosto de 2011

Aquella noche la viviría en compañía del alcohol.

Ya eran más de las doce entre las aceras de Madrid y, esa madrugada de martes de marzo, las calles no estaban especialmente transitadas.
Y él no conseguía andar en línea recta. La cabeza le daba vueltas como si hubiera estado dentro de las cocteleras que se batieron entre el humo del tabaco y los labios rojos de todas las guarras de aquellos bares donde abusaron de su barba de dos días y del cuello desabrochado de su camisa. Su boca tenía regusto a porros de las ocho, a saliva mezclada con cosméticos y whisky, al cigarro de después y a vértigo. Vértigo que subía rápidamente hasta su garganta sin equilibrio ninguno y lo tiraba contra los húmedos y oscuros muros para apoyarse con la izquierda y vomitar todos los excesos de ese día. Y atragantarse con el vodka rasgándole la garganta y el baileys agudizando la situación. Luego, las arcadas de aire. Y el esfuerzo a aquellas horas no era agradable.
Se moría de frío. Connor se moría de frío. La luz de los pocos coches que pasaban se reflejaban en sus pupilas como una discoteca y lo mareaban aún más. Le faltaba el aire. Y como cabía de esperar para una persona que estuviera en su sano juicio, sus rodillas se antojaron más débiles que nunca y lo precipitaron contra el asfalto. Pero sonreía. Sonreía tan macabro como nadie le había visto, casi como un psicópata, como un Joker esquizofrénico. Quién lo vería allí, tirado en el suelo a copa y media de palmarla, con la respiración ralentizándose en cada inspiración y esa perturbación en su rostro más y más acentuada mientras se encogía en sí mismo. Aquella sensación contradictoria recorría todo su cuerpo. Estaba jodido, bien jodido si alguien no aparecía a "rescatarle", pero había dejado de sentirse jodido. Es más, estaba jodidamente bien. Había matado por una noche todo lo que le corroía por dentro y no le importaba morir así. Satisfacción. Eso era lo único que pasaba claro por su cabeza en esos momentos. El plan había sido programado exactamente así. Cada segundo estaba precisado y no había contras aunque estuviera lleno de aspectos negativos para él mismo. ¿Para qué quería un cuerpo perfectamente sano si no podía disfrutarlo con unos sentimientos que estuvieran a la par? No, él prefería sentirse vivo a vivir. Y se encontraba más realizado que nunca de haber olvidado todo: en aquel acto suicida consiguió sacarle la sangre a cada una de sus promesas, a sus sonrisas, a sus cumplidos, a sus abrazos, a sus caricias, al cogerle de la mano, a sus guiños furtivos, a sus embaucadoras palabras. Y entonces, con la mente vacía de sus faldas, de sus noches y de todo lo que se quisieron, murió él.

Él quería hacerle el amor y la guerra.

Hoy te declaro la guerra y el campo de batalla será tu cuerpo. Nos jugamos tu amor y estoy dispuesto a ganarte esta revancha ya que venciste al mío y lo dejaste a tus pies porque atentaste contra mi coraza con una sonrisa, por sorpresa, y desmoronaste mis esquemas. Mi propósito no es recuperar lo que me quitaste, es controlar lo que todavía no ha sido mío.
Así, arrasaré tu espalda con mis manos, electrificándote la piel, enterrando en tus poros minas de placer que estallarán cuando le reste terreno a tus miedos. Mi estrategia será recorrer tus curvas por los caminos que nunca se atrevieron a andar los demás soldados y hacer un mapa de la situación de tus lunares. Fusilaré tus temores y dominaré tus sueños en el campo de concentración, presentando las pesadillas que tendrán fuera de mis brazos de cadenas y lavando tu mente de cualquier idea de escapar. Esclavizaré tus besos y los apresaré sin oportunidad a que se escapen, alimentándolos -estrictamente- de saliva, y mi lengua prestará la vigilancia. Estableceré un frente en tus clavículas para proteger mis suspiros de los dientes que atacaron a mi somnolencia y me mantuvieron en vela por ganas de ser relevados rápidamente por cualquiera y disfrutar sin estar de servicio de tus níveas carcajadas. Clavaré mis colmillos en tu garganta a modo de bandera después de ablandar tus hombros con la humedad de mi aliento. Quiero que el núcleo de tu pecho estalle como una granada con algún gemido por la desventaja después de que mis labios levanten el campamento en tus pechos. Conquistaré el olor de tu pelo. Voy a ametrallarte la oreja con te quieros y a embaucar tu sonrisa con susurros. Y así, te condenaría a mi amor de por vida.
Venga, ríndete mostrándome la bandera blanca de tus sábanas que yo prometo tenerte como rehén más tiempo que mañana. Y es que quiero ser el dictador de tus latidos, el colonizador de tu cuerpo, el rey de la mitad izquierda de tu cama.

Las facturas estaban más elevadas que nunca... en sus huesos.

Monnique era muy diferente a las demás parisinas. A esta chica de voz bien aguda, como la de la famosa protagonista de la película Amélie, le encantaba ducharse bien y estar perfumadita, tener la piel suave y llevar ropa interior bonita. Detrás de estas tonterías, encontrabas mucho más. Como que era una ecologista acérrima, y por eso ponía ojo a todas esas cositas que compraba o hacía. Y, aunque cueste de creer, el enjabonarse bien todos los días no hacía que ahorrara menos: solo usaba cinco minutos de agua, y era suficiente. Eso sí, no faltaba un baño de media bañera una vez al mes. Pero, al fin y al cabo, era menos gasto que tener una piscina cada cuatro días en casa.
A Monnique la caracterizaban su pelo rojizo, sus ojos verde agua, sus labios sonrosados y bien carnosos, sus simpáticas pecas por los cachetes y la nariz chiquitita y respingona, pero, sobre todo eso, el que fuera una forofa de lo romántico. Le encantaban que le regalasen una rosa, las películas de amor y los libros de aventuras imposibles. La enamoraba el jazz y el blues de letras profundas; necesitaba un paquete de pañuelos de papel para las historias tristes (aunque supiera que ella no las iba a vivir); le encantaba viajar en la bicicleta de paseo azul con la cestita de paja y su sombrero del mismo material a juego cuando el ocaso se apreciaba en su cénit naranja en los campos de girasoles; la enloquecía colarse en los sembrados de trigo a mediodía y dormirse a escondidas del granjero; le fascinaban los parques verdes y los días de sol tumbada contemplando la Torre Eiffel, los suéteres de lana que hacía su abuela con tanto cariño, compartir la nieve con un chocolate bien caliente.

Y aunque ella era una amante de convertir la vida en un sueño, últimamente se le estaba volviendo un poco más difícil.
El nuevo estudiante, el italiano... Angelo, si mal no recuerdo, le rompía la cabeza, sus ideologías, su sentido común y todo lo que parecía convertirla en una chica tan madura. Y es que, aunque ella no se lo quería creer mucho, empezaba a enamorarse. De lo que solo una muchacha como ella podría hacer y de la única manera que iba acorde. Desbocándose, por una sonrisa que encontraba preciosa a medias de una conversación -de esas que levantan solo una parte de las comisuras-; apasionándose, por cada vez que le brillaban los ojos de entusiasmo, de fervor por algo; enfermando por si llegaba la hora del 'hasta luego', que bien sabía que no sería por mucho tiempo, pero la corroía separarse de esas palabras que parecían música cuando las decía él con su característica cancioncilla por el acento del lugar de donde provenía.

En fin, moría como siempre había visto tan bonito en las películas... pero no le estaba gustando mucho, y los suspiros de su amor en la ventana de madera confesaban sin quererlo la pena que le daba no ver los atardeceres tan emotivos como antes.

Con la facilidad de sacar un te quiero de mi chistera sin que sea una ilusión.

Voy a ser contorsionista en tu lengua, acróbata en tus imposibles curvas, domador de leones por calmar tus garras en mi espalda y los dientes que querían devorarme a mordiscos. Voy a ser artista de silencios cuando te erice la piel al acariciarte estando mudo, payaso en tus sonrisas, traga-fuegos cuando respire el abrasador aroma de tu piel. Seré mago al hacer desaparecer al resto del mundo con solo unas sábanas y quedarme con un par de ases en la manga que utilizar contigo para embaucarte en mi magia.

jueves, 28 de julio de 2011

Las vacaciones se le encaprichaban intensas.

Esa mañana, sus ojos estaban cubiertos de telarañas, de sueños aún medio dormidos que no querían saltar de la cama y escaparse de las insípidas motitas de luz que se colaban por la persiana y poco a poco desperezaban los ánimos de vivir un nuevo día lleno de sonrisas.
La satisfacción de los "cinco minutos más" invadió su cuerpo durante un tiempo que pareció bastante más largo hasta que cayó en la cuenta y entreabrió una de sus pupilas para mirar el despertador y subió una mano desganada para orientarlo hacia ella.
El sobresalto fue colosal y un patoso giro entre las sábanas la catapultó contra el parqué. Rápidamente, se recolocó sobre sus dos piernas en una postura que se antojaba con un poco más de equilibrio y arregló su camisón blanco para salir disparada hacia el baño.
Las manos en cada lado del lavabo y un peinado mañanero se reflejaban en espejo, todo a juego con una inmensa sonrisa que sugería un movimiento más intenso que trepaba por su garganta. Una manada de carcajadas desbocadas se escapaba por los amplios terrenos de su cuerpo a modo de escalofríos de felicidad. Los incontrolables nervios provocaban unos pequeños temblores en las yemas de sus dedos y un agradable calor para regalar alguna caricia.
Eran las seis y treinta y dos en las calles londinenses y el ajetreo podría observarse tranquilamente desde el balcón de la habitación, pues ese amanecer lo tenía libre. O no. Realmente, lo tenía más que encadenado, pero no especialmente a los horarios de trabajo. Lo tenía encadenado al silencio del apartamento interrumpido por los incesantes ruidos de la Quinta Avenida, a la emoción que se respiraba entre las cortinas que bailaban con la brisa y al armario que a reventar estaba de ropa nueva. Acompañando las puertas que estaban de par en par con un suspiro, le tocaba armarse de paciencia, seguridad y entusiasmo, porque aquella tarde la esperaba un concierto y una noche de la que, en aquellos momentos, no podía hacerse a la idea.

Ahora a Mimi le tocaba ponerse adecuada a la ocasión, reservar la voz, desayunar bien y dejar que el ritmo fluyera entre silbidos gracias a aquellas dulces doce horas de sueño de las que acababa de despertar.

Razones para querer con el corazón.


Victoria ensayaba con los papeles esparcidos por la cama, por el atril, por la mesa de estudio y no sé sabe bien dónde más.

Los colocaba en diferentes lugares para saber los movimientos que tenía que hacer en el escenario, así adelantaba la doble tarea.
Pero, curiosamente, esa tarde no tenía ganas. Tampoco era un mal plan tomarse un pequeñísimo respiro apoyada contra las puertas del armario y dejar la mente en blanco.
Ella siempre había tenido un don especial para no desistir, sin embargo, las fuerzas la habían abandonado aquella víspera de lo que podría haber sido otro día cualquiera en un extrañamente caluroso abril. No parecía especialmente importante esa desgana si no se tenía en cuenta las raras sensaciones que la envolvían en el pecho cuando algo no demasiado bueno se acercaba.

Lo que los suspiros confesaban a las seis y treinta y dos esa tarde era la conclusión de por qué ella sentía con el corazón. Regalaba un trocito de ese delicado órgano a lo que lo apasionaba, y el resto ya estaba hecho, pues este es de los que se hace notar e invade todo el cuerpo. Para Victoria, querer con el corazón era querer en cada latido, con fuerza y sin descanso, con pasión cada instante. Y si le faltaba algo de lo que tenía bien guardado ahí dentro, enfermaba. Enfermaba de lo que se solucionaba con un paquete de pañuelos de papel o se quedaba en cama, con la mirada silenciosa y desolada, dolores de cabeza, arcadas de aire que pretendían vomitar todo lo que se corroía despacio -vena a vena- y le quitaba el brillo a sus sonrisas, a su característico ánimo para atraer con su optimismo todas las ideas positivas de las duras situaciones.

Pero es que aquella tarde de seis y treinta y dos sin Carlos entre guiones, vidas de mentira e historias de personajes que nunca fueron reales ya no tenía el encanto de saber que él deseaba volverla a ver en directo sobre el entablado.

sábado, 16 de julio de 2011

Decadencia.

Encuentras la perfección cuando descubres en todos los defectos una virtud que otros no saben apreciar. Te llega el amor cuando crees en ello y el ritmo de los latidos de tu corazón es inversamente proporcional a la calma y delicadeza con las que recorre con sus caricias tu piel. Y así, súbita y estrepitosamente, rendido caes en la estupidez cuando decides cegarte con fantasías y negar la realidad.

Las palabras son besos y los poemas, eternos.

Cómeme a versos. Fascíname con tu mente enferma de literatura, no tengas miedo a recitarme todos tus sonetos y así consumirme entre tus labios, a embaucarme con tus historias y hacerme olvidar lo tozuda que soy entre tus fauces de pasión y poemas, no temas a tentarme con tus mejores rimas y hacerme caer entre las desordenadas palabras de todos los capítulos que tenga el libro de tus mayores sueños relatados en forma de vida, conmigo, haciendo parecer tan fácil cada paso en los abruptos caminos de los suaves espinos de mis pesadillas de princesa.