sábado, 4 de diciembre de 2010

Vida en aeropuertos.

Digamos que estás en un aeropuerto, esperando que llegue por fin tu vuelo. Escuchas música.

Aviones y aviones no paran de llegar, de salir.
Hay ruido, mucho ruido. No oyes más que retumbar de fondo en tu cabeza el movimiento de motores. Te cansa ese mismo sonido continuo, te aburre.
Pero te encierras en tus cascos. Te escondes en las melodías, en las canciones, en sus letras, porque no quieres saber nada más que lo que esperas tú.
Pero tu avión parece que se pierde por el camino, que tiene un accidente. Te da la impresión que aterriza en el aeropuerto equivocado, de que no llega.
Te cansa esperar su retraso. Buscas vuelos secundarios, pero todos están ocupados, llenos.
No hay salidas. Estás atrapado en tu aeropuerto.
Pero te das cuenta de que tarda tanto porque perdiste el avión. Uno tras otro. Las oportunidades de salir de allí las desperdicias porque pasas más tiempo lamentándote de la tardanza que pendiente de que llegará.
La vida es como un aeropuerto. A veces, aparece tu vuelo, a veces, hay que hacer escala para llegar a tu destino, y otras, lo pierdes sin darte cuenta.
Hay ocasiones en las que paree que se cierran las puertas. No puedes salir, no puedes entrar, no puedes escapar. Pero... ¿no eres esclavo de tu vida?, ¿no necesitas abrir salidas? La vida se te llena de nuevas opciones cuando compras un determinado billete, pero se te van otras. Hay que saber distinguir las actuales ofertas y olvidar las que se caducaron.
A veces, la gente que aprecias elige vuelos que los alejan de ti. Otras, conoces gente que estará en el mismo avión que tú. A tu lado.
Debes seguir las indicaciones del billete que tú compraste, que elegiste...
Pero a veces no está mal colarse en el equipaje de otro, ¿no?

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