domingo, 5 de diciembre de 2010

Palabras que se escapan.

Muevo los labios y dejo huir a los sentimientos que se encontraban encerrados; libero a los esclavos del dolor y la angustia mientras gasto la tinta azul de mi pluma y susurro lágrimas escondidas en palabras de agonía.

Y entre la Desesperación y la Locura, la Impotencia se encuentra agazapada, tiritando en una esquina de la frívola mente en la que se encuentra, pero aliándose con las sensaciones más amargas, convirtiéndome en el próximo blanco de su malvado plan.

Veo senderos vallados, lugares prohibidos, restringidos, que no debiera atravesar. Pero ¿debiera elegir lo no deseado sólo por comodidad? Y la Impotencia, con su objetivo concretado y refugiándose en su gabardina, me apunta con el revólver cargado de crueldad, dedicándome una sonrisa irónica bajo su negro sombrero.
No, no me matará, pero herirá mi orgullo, quizá, gravemente, como hace siempre que aparece. Soy un entretenimiento para ella: me deja sufriendo, pero no me deja calmar ese dolor para siempre. No puedo decir que conozco a su mafia, pero sí que tengo bastante trato con ella, y ninguna de las veces ha sido un encuentro agradable. Pero parece que voy cogiendo su juego y parte de las reglas, y una de ellas es atacar cuando más débil se encuentra el enemigo, es decir, yo.

Ahora, esto no es más que otra de mis muchas pesadillas, pero me inquieta más que las demás con diferencia. Quizá es porque la importancia que le doy a lo que ansío pesa más que cualquier otra cosa. Quizá, es que estoy perdiendo la práctica; la fuerza de voluntad para luchar; la seguridad de que me vendaré los daños y me volveré a levantar, magullada, pero creyendo en mí.

No sé qué pasará mañana, no sé si volverás a ser parte de mi realidad o de mi ficción, y tampoco sé si podré averiguar los nuevos planes que esa atractiva dama tiene preparados para mí. Pero de algo sí estoy realmente segura, y eso ni ella ni nadie podrá boicotearlo: te quiero, te quiero tanto y más de lo que lo hice ayer.
Y ya sólo me queda decir algo más: que esos caminos que veo tan arduos y enrevesados no lo sean en realidad, que todas esas grandes piedras que obstaculizan el terreno no sean tan difíciles de esquivar y que los espinos que de lejos se ven, no sean más que rosales esperando florecer. Y que no lo sean porque no estás al final de ese camino, sino andándolo conmigo. Porque ese camino puede compararse con la vida, y yo quiero andar la vida contigo, en los tropiezos y en los tramos fáciles, pero sabiendo que estarás cogiéndome la mano en todo momento, como haré yo, si me lo permites.


¿Quieres casarte conmigo?

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