domingo, 5 de diciembre de 2010

Meow.

Estilizadas figuras negras se deslizan entre las sombras, huyendo de aquellas farolas que parpadeaban de vez en cuando.

Cuidadosamente, se colaban entre los edificios, vacilando con sus largas colas en los muros.
Con sus zarpas almohadilladas, desfilaban grácilmente en los tejados, mientras sus ojos verdes, amarillentos y azules centelleaban de esa forma tan irresistible que me obligaba a observarlos absorta hasta que desaparecían entre los coches.
Pero uno de ellos se quedó conmigo. Tenía los ojos oscurísimos, prácticamentenegros, y me miraba con decisión, valor y astucia, podría haber jurado que con un brillo que se alejaba del mundo animal.
A lo mejor había decidido ser mi compañero de brujerías. Chells tenía razón: no tenía que buscar yo al gato, sino que él vendría a mí.
Me agaché y le acaricié la cabeza. Hubo un chispazo en el contacto y el pequeño minino empezó a crecer y a erguirse, su pelaje azabache se convertía en unas ropas del mismo color y una sonrisa se curvaba con un toque de picardía en el rostro humano que había adquirido el felino. No pude decir nada al respecto; simplemente, estaba paralizada por la incredulidad.
-Meow. ¿Me echabas de menos?

¿De verdad era él?

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