sábado, 4 de diciembre de 2010

Deseos de jabón.

Voy a contarte una historia. Una de esas en las que te das cuenta de que es más que un simple cuento infantil.
Trata de un mundo no muy conocido, lleno de ninfas de las aguas y bosques de luz, en el que se adentró nuestra protagonista: una joven chiquilla que se perdió entre la espesura de su imaginación.
En ese lugar tan fantástico, todos los anhelos e ilusiones se guardaban en burbujas de jabón, delicadas y pequeñas, de brillos violáceos y olivas, que eran custodiadas por las náyades en un entorno fresco y lleno de paz, en el que había un pequeño salto de agua que acababa en lago. Y flotando redondas sobre este agradable lugar, destacaba una por su tamaño, con gran diferencia. La muchacha se acercó sutilmente a esta y leyó para sí el interior de la burbuja y el nombre del que lo había formulado.
Conmovida, quiso acariciar la esfera transparente, sentir la fuerza del deseo, del deseador, y antes de que las efídriades pudieran detenerla, explotó la pompa en miles de partículas de la cristalina sustancia.
Arrepentida de su fallo, se lamentaba y pensaba en cómo podría recuperar el sueño perdido. Pero lo que no sabía ella era que no estaba roto, que esas palabras firmadas con ansia se habían escondido bajo las aguas del estanque, como las monedas de la fuente de una plaza, esperando a ser recordadas, recuperadas.

Quizá esa ilusión era la tuya, quién sabe. A lo mejor, tú eras el que había deslizado la pluma con tu nombre bajo ese querer.
En ocasiones, parece que todo lo que habíamos querido tener, desaparece chocándose con la cruda realidad, pero tu corazón es como aquella fuente: llena de deseos que se oxidan con el tiempo, pero que no se quiebran, que permanecen allí.
Nunca olvides una ilusión por imposible que parezca.

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