domingo, 20 de junio de 2010

Música, tiempo y océano.

Desgasto el grafito de mi lápiz mientras permanezco sentada, observando la inmensidad de tonos azules y verdosos que se extiende ante mis ojos.


Siento que el mejor compás es el que me marcan las olas, guiadas por el director más famoso: el viento, que con su orquesta de truenos y relámpagos, encabrita las aguas en alta mar, descubriéndose su furia en tormenta; viento que muestra la timidez que pertenece a los momentos de calma, de inspiración, de aquel mar enamorado entre deliciosos acordes; junto a los celos traicioneros, que aparecen cuando los chiquillos se divierten surcando trazos en la arena y no jugando con el mar, revolcándose entre sus mullidas y húmedas ondas azules; y, por último, su avidez, el deseo de sentir el cuerpo de su amada, la brisa, que lo acompaña en sus tediosos viajes lejos de la costa, que lo espera en el espigón de cada muelle.
Y estas preciosas e intensas melodías me acompañan mientras observo las espumas romper contra las rocas, salpicándome de salitre el rostro. Deslizo con delicadeza mi lengua sobre esa sequedad salada que se escondía en mis comisuras.

Por mucho que quieran inmortalizar un instante de su belleza, no existe fotografía que lo capture con detalle, pues en ella no se escucha el romper de las olas contra las rocas o el rumor de cuando estas lamen la orilla, escondiendo secretos en cada onda, en cada caracola, formando burbujas blancas con cada cariñoso, tímido y silencioso vaivén. Tampoco se puede apreciar en ella el olor salino que porta la brisa que despeina los cabellos en el espigón. No hay precio en el que se pueda valorar lo suficiente una pieza de su única y cambiante sinfonía, ni existe aroma comparable con el suyo.

Desgasto el grafito de mi lápiz mientras se me escapa una gota de mar a modo de lágrima, firmando esta carta que da voz humana a estos dos enamorados.

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