lunes, 21 de marzo de 2011

Otra vez, consejeros que destrozan mis pilares con una paradoja.

Si todo nos diera igual siempre, nunca lloraríamos por una pérdida ni celebraríamos una victoria. Si todo nos diera igual, nos cansaríamos de vivir, porque cada segundo, cada suspiro, cada sonrisa nos sería indiferente. Ni habría rabia o celos, ni amor, ni odio. Estaríamos vivos pero no sabríamos lo que es vivir.
Así, como un sinsentido, el pasado, el presente y el futuro pasarían sin anhelos, sin deseos, sin sueños imposibles que pretendes cumplir; y, sin embargo, lloras y te dejas la garganta en cada carcajada por esos tres. Es más, los siento con tanta fuerza que en mi cuerpo se hacen notar en cada latido en el que mi corazón se lanza contra mis costillas como preso en una celda en un intento de salir a ver el mundo que existe detrás.
Y yo no sé, pero cuando te acercas... cuando te acercas se vuelve cohibido: le das miedo, lo intimidas. Como si fueras el alcaide y estuvieras decido a poner remedio a la intolerante conducta del condenado; y de repente, este se volviera pequeño e indefenso, hasta el punto de arrepentirse de su mísera existencia en mazmorras por aquella estupidez de querer vivir. Pero sonríe, esperando con unas esperanzas infranqueables pero sin argumentos, que le abras paso hacia la libertad. Lo curioso de la descabellada situación, es que solo tú tienes la llave y entretanto, yo me quedo sin aliento. E incluso así, se atreve a pedirme en tono autoritario:
-¡Pero, idiota, deja que me acerque a las rejas y a la puerta! Por fin podremos huir, ¿entiendes?
Aún sin respirar, ahogada y seducida por las ideas de Corazón, me acerqué poco a poco a los labios de mi ángel carcelero, aquél a quien yo tenía entendido por salvación, por salida. Pero con cuánta prudencia me llenó Razón en un fugaz pensamiento que atravesó mi sistema nervioso de punta a punta y me hizo reaccionar a tiempo, consiguiendo terminar en su mejilla con una profunda sensación de impotencia colapsándome las arterias. Alcaide y Corazón habían hecho las paces, pero nunca lo soltaría hasta que acabara la pena impuesta.
Después de las cientos de veces que se ha repetido el momento, lo sigo viviendo con la misma incredulidad. Así, después de meses replanteándomelo, terminé por llegar a la conclusión de que se vive más en los momentos en los que tu alma se paraliza en un compás de silencio en el que finaliza tu existencia para renacer ciertos segundos después con los latidos a cien.

"Hazme renacer..." Y con un suspiro, se evapora un deseo invisible, impronunciable, inalcanzable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario